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Apr 26, 2026
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Channel Name🎲 EnROLate📱OnLine
Username@enrolate
CategoryCursos Online
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CountryEspaña
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Created26 abr 2026
Last Updated20 sept 2026 • hace 33 días
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04 sept 2026, 01:45

El planeta Tierra empezó a descender hacia la atmósfera del planeta artificial. Si chocaba contra el escudo de energía orbital, podrían pasar dos opciones: o el escudo no aguantaba el impacto del planeta y se desactivaba, provocando que el planeta Edén fuera destruido; o que el escudo pudiese absorber el impacto de la Tierra y desintegrarla por completo. En cualquiera de los dos casos, los seres humanos de la Tierra morirían.

Notó sus gritos de desesperación y de terror. De los miles de millones de personas en la Tierra que se daban cuenta del cataclismo que se iba a producir. El propio movimiento fuera de la órbita ya comenzó a provocar maremotos.

Baudilio podía detenerlo. Sólo debía hacer lo mismo que la Gran Madre. Alzó los brazos y se concentró para emitir una onda gravitacional que devolviera a la Tierra a su órbita. En cuanto lo hizo, la Gran Madre se lanzó contra él. Bajó los brazos y esquivó el tajo vertical de las garras de su oponente.

No tenía mucho tiempo. Necesitaba más que unos segundos para contrarrestar la caída del planeta. Cuando volvió a intentarlo, otra vez la Gran Madre se abalanzó contra él. No tuvo más remedio que esquivarlo. No le iba a dejar concentrarse. Tenía que decidir. Sus ataques comenzaron a ser continuados, evitando que Baudilio pudiera concentrarse en sus poderes.

También trató de teletransportarse para luego poder detener la Tierra con más calma. No podía. No le dejaban las emociones y sentimientos de los seres humanos del planeta. Sentía su terror, abrumándole mentalmente a un nivel que nunca había sentido jamás. Los sentía dentro de su cabeza, presionándole para que hiciera algo. Lo estaban confundiendo con dios.
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04 sept 2026, 01:45

Percibir las emociones de otros seres humanos, aunque estuvieran a mucha distancia, se le hacía terriblemente extraño. Como un sentido visceral e inconsciente que no podía apagar. Aunque en este caso, sentir el terror de los colonos tras cada sacudida de la tierra le alertó.

Un combate con empujones gravitacionales de esta y más magnitud podría desestabilizar por completo la placa tectónica artificial. Con ello, producir daños estructurales en el refugio de montaña y acabar con sus vecinos, amigos y compatriotas. Debía sacar a la Gran Madre de aquí. Atraerla a un campo de batalla donde sepa que no hay nadie para así poder desplegar todo su potencial.

Mientras evitaba ondas gravitacionales y trataba de anularlas con sus propias ondas, Baudilio se puso a rumiar hasta qué lugar podría teletransportar a la Gran Madre. Al poder percibir al resto de seres humanos, le era bastante fácil evitar aquellos núcleos de población en la corteza planetaria.

Pensó en la colonia G4-110-F4, en estos momentos deshabitada y a varios kilómetros de aquí. Aunque si el combate la destruía, era probable que se perdieran muchos recursos valiosos para el asentamiento.

También en teletransportarla a la gran central eléctrica planetaria. Era muy probable que el alto voltaje generado le pudiera ayudar a vencer a la Gran Madre. Aunque, si por alguna casualidad era destruida, el planeta podría dejar de funcionar. No había otro refugio para la humanidad más que este lugar.

Recordó esa colonia completamente desolada por la Gran Madre. Nunca olvidaría esa enorme pila de cadáveres humanos. Ella era la asesina. Y no sentía a nadie vivo a miles de kilómetros a la redonda. Era el lugar indicado.

Baudilio emitió una última potente onda gravitacional que desestabilizó a la Gran Madre. Derribada contra el suelo, aprovechó el momento para acercarse con rapidez hacia ella y agarrarle una extremidad. Pensó fuerte, muy fuerte, y se teletransportó junto a la Gran Madre.

Fue un viaje rápido, menos de un parpadeo. Pasó de la templada temperatura de la costa a las frías nieves y ventiscas de la colonia desolada en la montaña. No tan rápido fue para esquivar el golpe de la Gran Madre, que aprovechó el combate cerrado. Le propinó un garrazo que le atravesó media cara y parte del pecho.

Baudilio se impulsó hacia atrás, para recuperar distancia, mientras apretaba los dientes. Sentía dolor, pero también percibió que sus heridas comenzaban a cerrarse. No eran muy profundas, pero si le hicieron sangran con abundancia.

La Gran Madre saboreó la sangre en la garra. Rechupeteó sus afiladas uñas mientras observaba fijamente a Baudilio. Algo se activó en su interior, como si su cuerpo hubiera recuperado parte de sus poderes. Su vitalidad aumentó y rejuveneció por momentos.

—Más, quiero más —dijo mientras relamía hasta la sangre que goteó en la nieve—. Necesito devorarte entero.

Se abalanzó contra Baudilio con muchísima rapidez. Apenas tuvo tiempo de esquivarlo, impulsándose por los aires y aterrizando en uno de los tejados de la colonia. No podía dejar que le golpeara de nuevo. No podía sangrar otra vez o le otorgaría más fuerza.
—Te lo vuelvo a decir: ríndete. Te quedarás encerrada de nuevo para toda la eternidad, pero seguirás viva. Es tu única oportunidad.

Las palabras de Baudilio sonaron vacías para la Gran Madre. Y es que había descubierto un punto débil de su vástago: su humanidad. Una sonrisa aterradora mostró todos los afilados dientes de su boca.

—Quieres salvar a los tuyos. Para mí sois un apéndice más, pero para ti son más que herramientas que utilizar. Te alejas de tu verdadero propósito, que es servirme. Debo corregir este error. Debo corregir a la humanidad.

La Gran Madre alzó las manos hacia el cielo. Se concentró por unos momentos, mientras Baudilio observaba. Un potente impulso gravitacional sacudió el suelo, pero causó algo que Baudilio nunca había llegado a imaginar: la Tierra comenzó a desplazarse vertiginosamente hacia Edén.
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04 sept 2026, 01:45

La Gran Madre no le respondió con palabras. Con un gesto de una de sus manos, una gran losa invisible cayó sobre Baudilio. El empujón gravitacional le obligó a arrodillarse contra el suelo, a pesar de los esfuerzos que hacía el hombre mejorado.

—Sométete.

Baudilio apretó los dientes y trató de levantarse a la fuerza, pero no lo logró. Luego cayó en la cuenta de que no estaba usando sus poderes, simplemente su físico de humano. Se relajó momentáneamente, exhaló e imaginó como un escudo le protegía a su alrededor.

Dejó de sentir el peso en su cuerpo, pudiendo levantarse de nuevo y mirar a los ojos a la Gran Madre. Esta, con otro gesto de la mano en su dirección, envió otra onda gravitacional contra Baudilio. El empujón fue dispersado por el escudo imaginario del hombre, pero escuchó un grito: Longinos no estaba protegido ante estos poderes.

Retrocedió hasta ponerse a su lado y dejar que el manto invisible también lo protegiera. La Gran Madre insistió con más ondas, aunque solamente conseguía desprender el terreno alrededor de Baudilio y Longinos.

—Esta ya no es tu lucha, debes marcharte con tu hijo.

Imaginó que lo teletransportaba junto a Sofronio. Baudilio le puso la mano sobre el hombro y, en un parpadeo, el capitán desapareció. Cada vez entendía más los poderes. Cada vez podía despertarlos o utilizarlos con mayor facilidad.Las fuerzas gravitacionales emanadas por la Gran Madre se detuvieron. Callada, observó a Baudilio, que avanzó unos metros hacia ella.

Ahora su estrategia pasó por un asalto mental, invadiendo la mente de Baudilio con todo tipo de imágenes y pensamientos. Aunque al principio se sintió abrumado, no tardó en concentrarse y crear también una barrera mental.

—”No podrás mantenerla levantada todo el tiempo. Cuando te descuides, te someteré” —escuchó en sus adentros.

—¡Basta! — Baudilio gritó vaciando sus pulmones.

Imitando los movimientos de la Gran Madre, emitió un empujón gravitacional que la pilló con la guardia baja. La enorme mujer salió volando una decena de metros por los aires. Aterrizó bruscamente entre tierra y polvo.

Entre sorprendida y aturdida, la Gran Madre soltó un alarido de ira. Quizás no acababa de creerse que uno de sus vástagos le haya arrebatado los poderes. Ella, que pensaba que la humanidad era una herramienta más, un recurso más para consumir a su antojo, se le había revelado. Y Baudilio, con los poderes despertados de la Gran Madre, era el pináculo de esta rebelión.

La Gran Madre atacó con todo. Empezó a lanzar telequinéticamente árboles, rocas y todo tipo de restos a su alrededor contra Baudilio. Además, también golpeó el bastión mental de Baudilio en una batalla más allá del mundo real.

Baudilio resistió, una y otra vez, las embestidas de la Gran Madre. Desviaba todo lo que le lanzaba a la vez que reforzaba su escudo mental. La ira de su enemiga apenas le permitía pasar a la ofensiva, ya que él no tenía automatizado el uso de sus poderes. Debía concentrarse e imaginarlos de forma constante para conjurarlos.

Pero si él también podía teletransportar objetos y emitir ondas gravitacionales, también podría invadir la mente de la Gran Madre. Momentáneamente dejó de protegerse en físico y mente para enviar un obús psíquico contra ella. El cúmulo de pensamientos se introdujo en la mente de la Gran Madre, provocando que chillara de dolor mientras se agarraba la cabeza.

—¡No! ¡No puede ser! — bramó ella.

Baudilio le había bloqueado el poder de comunicarse mentalmente con los seres humanos, de transmitir sus ideas, pensamientos y emociones. Al menos de forma temporal. Esto le daría un respiro para lidiar con ella en el mundo real.

Obstinada y enfurecida, eso no detuvo a la Gran Madre. Los empujones y ondas gravitacionales se intensificaron. En el suelo se crearon enormes cráteres y prácticamente todo el suelo temblaba. Baudilio sintió el terror de sus compañeros colonos en lo más profundo del planeta artificial.
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04 sept 2026, 01:45

Notó el calor de los dos soles golpeando su espalda. La brisa del viento acariciando su piel. El olor a carne carbonizada y el aroma a sangre que salía abundantemente del cuerpo de Longinos, frente a él. No, no iba a dejarlo morir.

Sin pensárselo, hundió sus manos en el pecho abierto del capitán, agarrando el corazón y logrando que volviera a latir de nuevo. A medida que retiraba sus extremidades, las heridas se cerraron a una gran velocidad. No entendía cómo, pero había ordenado a las células del cuerpo de Longinos que se curaran. Y que su cerebro comenzara a emitir otra vez impulsos eléctricos. Y que los pulmones dieran una primera bocanada de aire.

Los ojos de Longinos se abrieron de sopetón. Agarró de los brazos a Baudilio, frente a él. Sintió el terror de morir de Longinos, aunque rápidamente se transformó en un sentimiento de esperanza al coincidir las dos miradas.

—No vas a morir si yo soy capaz de impedirlo, Capitán — la voz de Baudilio era calmada y decidida —. Vuelve con tu hijo, yo me encargo del resto.

—¿Baudilio? —lo observó de arriba abajo, aun equipado con la bata de operaciones que apenas podía ocultar un calzoncillo semitransparente. Un ropaje no demasiado digno para un héroe.

Baudilio era más fuerte, más maduro y con una mayor determinación que nunca. Quizás eran los poderes despertados de la Gran Madre o que el proceso simplemente había transformado toda su identidad. En cualquier caso, se alejó de Longinos y se encaró con la Gran Madre.

—Tienes unos poderes que no te pertenecen, vástago — espetó la Gran Madre —. Devuélvemelos.
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26 abr 2026, 11:06

Los adalides saltaron contra los defensores parapetados en las puertas. Empezaron a desgarrar sin piedad. La Gran Madre, aprovechando que Longinos estaba justo al lado, le golpeó con el dorso de una de sus manos como si se tratara del castigo a un niño pequeño. El golpe fue tan fuerte que mandó al capitán volando varios metros por el aire.

Le pitaban los oídos. Se había golpeado la cabeza contra el suelo y veía todo borroso. Aturdido, lo único que podía llegar a discernir eran los gritos de pánico y dolor de sus colonos defensores.

Un estruendo lo ensordeció completamente. Una gran polvareda se levantó frente a él y el suelo tembló con fuerza. Para cuando identificó lo que estaba pasando, contempló cómo el enorme vehículo T.O.R.O. arrollaba a varios adalides de la Gran Madre. Los aplastó completamente con su enorme peso, no dejando posibilidad alguna de ser regenerados por la conexión con la Gran Madre.

El T.O.R.O., automatizado gracias al núcleo de procesamiento del Dientes de Sable y con las mejoras de los nanobots, no era rival para las garras de los adalides. Pero ese no era su objetivo, ya que la programación del guardián seguía activa a pesar de estar en un cuerpo diferente. Su objetivo era acabar con la Gran Madre.

La arrolló con virulencia. La empujó colina abajo y arrastró a todos los adalides una decena de metros. Las garras de la Gran Madre sí se hundieron en el blindaje del T.O.R.O., así que una vez alejada, cogió distancia respecto a ella.
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26 abr 2026, 11:06

Longinos debía medir bien sus palabras. Observaba el cuerpo deformado de la Gran Madre con una mezcla entre incredulidad y terror. Su cabeza aún estaba procesando que todo esto estuviera pasando, como si no hubiese sido suficiente descubrir un planeta nuevo. Debió ver más películas antiguas de ciencia ficción para estar preparado.

Del abultado vientre de la Gran Madre colgaban y se extendían todos esos cordones umbilicales. Los adalides, a pesar de ser humanos, poco a poco fueron adoptando rasgos de la Gran Madre. Piel blanquecina, los ojos cada vez más negros y en alguno de ellos se notaba que le estaban creciendo un par de extremidades adicionales.

Entonces, por un instante, se le ocurrió una idea para entretenerla.

—¡Gran Madre! Espere un momento, tenemos una ofrenda para vos —dijo cambiando su tono de voz a uno más alegre y forzadamente cordial.

La Gran Madre solamente ladeo la cabeza sin decir nada. Longinos alzó un dedo, haciendo entender que esperara un momento. Giró sobre sus talones y dio la espalda a la enorme mujer. Dio un par de pasos y observó a Columbiano asomando por el parapeto blindado.

—¿Puedes acercarme las raciones de emergencia? — le sugirió mientras mostraba una media sonrisa nerviosa.

Columbiano no comprendió durante unos segundos. Tampoco unos segundos más tarde. Y sin seguir entendiendo la estrategia de Longinos, decidió levantarse, coger una de las cajas de suministros y acercarse a él. Sentía las piernas como si fueran flanes.

Plantó la caja enfrente de Longinos, alzó la mirada para contemplar a la Gran Madre y, sin darle la espalda, volvió a su parapeto. Todo ello sin soltar su palanca favorita.

—Verás, Gran Madre —habló Longinos mientras se volvía a girar hacia ella—, los humanos hemos sufrido mucho. Guerras y hambrunas. Somos demasiados. O quizás no lo somos, pero sí que nos faltan recursos para alimentarnos a todos, depende de la perspectiva que tengas. Y, al final, todo se traduce en comida.

—¿Comida? —pronunció con voz reseca la Gran Madre.

—Si hay algo que debes saber de la humanidad, de tus hijos, es que somos ingeniosos. Y cuando los tiempos son difíciles, aún más. Te ofrezco este tributo para negociar la paz.

—No quiero paz, quiero a Baudilio —respondió ella.

Longinos ignoró esas últimas palabras y abrió la caja, mostrándole el contenido a la Gran Madre: un enorme surtido de croquetas empaquetadas de todas las formas y colores. Los adalides empezaron a hablar entre ellos, además de con la Gran Madre. Ella, con un simple gesto de la mano, los silenció. La curiosidad le podía.

El capitán respiró hondo, cogió una de las croquetas, la desempaquetó y extendió su mano para entregársela a la Gran Madre. Esta se acercó aún más a él, imponiendo su enorme figura ante el diminuto hombre. Con dos dedos cogió la pequeña croqueta y la observó detenidamente.

—Es comida. Ahora se introduce en la boca y lo masticas bien. Ya verás que bien te sienta comer algo, que se nota que lo necesitas — Longinos ya no medía las palabras, estaba demasiado nervioso.

La Gran Madre le hizo caso. Introdujo la croqueta en su boca y masticó. Para su tamaño, era una croqueta demasiado pequeña, pero pareció saborearla con detenimiento. Luego, la Gran Madre abrió enormemente los ojos y miró a Longinos.

—Esto tiene vuestro sabor. Esto está hecho de vuestra carne.

—Lo llamamos croquetas de la abuela. De nuestras abuelas. En la Tierra éramos demasiados y debíamos aprovechar cada gramo de proteína que se podía conseguir. No nos culpes, es por pura necesidad y supervivencia.

El rostro de la Gran Madre cambió por completo. Longinos sintió que su estrategia no había salido demasiado bien, aunque ganó algo de tiempo.

—¡Hijos comiéndose a sus madres! ¡Esto es una aberración! —la voz de la Gran Madre tronó con fuerza.
—¡Tú te nos comes! ¡A nosotros! ¡A tus hijos! — le enfrentó a gritos el capitán.

—Me equivoqué creándoos. Debo eliminaros a todos —dijo más para sí misma que para Longinos — ¡Matadlos!
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26 abr 2026, 11:06

—¡Fuego, fuego! — ordenó Longinos.

Nadie dudó en disparar. Apretaron el gatillo una y otra vez, soltando ráfagas de balas que cubrieron el cielo. Todas concentradas en un mismo objetivo: la Gran Madre y sus adalides.

El ruido ensordecedor de los disparos abrumó los sentidos de Longinos, ya que hacía muchísimo tiempo que no escuchaba el disparo de un arma. Menos aún de una veintena de armas.

Al principio, algunos de los adalides que recibieron los disparos cayeron de golpe contra el suelo. En cuanto dejaron de ser los objetivos, volvieron a incorporarse lentamente. Longinos pudo observar como las perforaciones de las balas se sanaban lentamente. Quizás no los mataban, pero los ralentizaban.

Pero la procesión continuó. La Gran Madre era impactada constantemente. A pesar de ello, sus andares no se reducían, como si las armas no le produjeran daño alguno. Observó como algunas balas penetraban en su piel blanquecina para, segundos después, escupirla por el mismo orificio y regenerarse.

—¡Seguid disparando! ¡Apuntad a los estómagos de los adalides!

Longinos pensó que, al impactar en el origen del cordón umbilical que los conectaba a la Gran Madre, les haría más daño. Los primeros colonos ya tuvieron que cambiar el cargador del arma. Luego, otros más. Tenían munición, pero era limitada.

Ralentizados, pero seguían avanzando. Es más, los adalides que se quedaban más retrasados casi parecían ser arrastrados por la Gran Madre. La determinación de ese monstruo alienígena no parecía tener límites. Recorrieron casi un centenar de metros en cuatro minutos. Logró retrasarlos un poco antes de que el primero de los tiradores se quedase sin munición. Y luego dos más.

La Gran Madre se plantó a apenas unos diez metros de distancia de Longinos. Se detuvo por completo y esperó a que la tormenta de balas contra sus adalides y ella cesara. A ninguno de los soldados les quedaba munición. Los observó con esos terribles ojos negros apenas ocultos por la larga melena rubia. Sus cuatro brazos, incluido el que acababa en muñón, no mostraban hostilidad.

A su alrededor se congregaron los adalides. Heridos por quemaduras y balas, Longinos notó que su regeneración era mucho más lenta que anteriormente. Quizás no los había podido matar, pero les ha desgastado.

Un murmullo creció en la línea de defensa. Palabras de miedo y temor, así como un silencio sepulcral, era lo que se sentía en ese momento. Todos, menos Longinos, sentían que su vida había llegado a su fin.

—Entregadme al individuo que llamáis Baudilio y os dejaré vivir, hijos míos — pronunció la Gran Madre con una voz ronca, de no haber hablado en muchísimo tiempo.

Longinos dejó apoyado su rifle automático y salió del parapeto. Observó los ojos de sus compañeros de línea, tanto seguridad como colonos, que temblaban. Incluso Columbiano estaba atemorizado, aunque en su mano blandía esa palanca de runas brillantes.

—Soy Longinos, capitán de la nave colonial G4-110-F4 y líder de estos hombres y mujeres — avanzó unos metros hacia la Gran Madre hasta que sintió que los adalides comenzaban a ponerse nerviosos.

—Longinos — la Gran Madre lo observó en silencio durante unos segundos —. En tu mirada veo que has rozado la muerte biológica. Tienes un hijo. Eres valiente. Pero no te quiero a ti, quiero al individuo llamado Baudilio. Tiene algo que me pertenece.
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26 abr 2026, 11:06

Tras una larga espera, por fin observó como los adalides supervivientes y la Gran Madre emergían del bosque. A un centenar de metros de ellos, y pendiente abajo, avanzaban a pasos decididos en su dirección. Pudo contemplar que algunos de los adalides estaban repletos de quemaduras, así como una parte del cuerpo de la Gran Madre.
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