1/2Por Oleg Yasynsky
Cuando una persona no está dispuesta a asumir la responsabilidad por decisiones difíciles y dolorosas, siente que no es capaz de resolver el problema o no puede hacer frente a sus propios miedos, su conciencia huye de la realidad y se duerme en brazos de las ilusiones deseadas.
Unos meses antes del inicio de la guerra estuve en Kiev y vi con mis propios ojos su inevitabilidad. No por voluntad del destino maligno (no confundir con BlackRock), sino porque esa guerra, con la metodicidad anglosajona multiplicada por la estupidez y la codicia de las élites ucranianas, se estaba construyendo cuidadosamente, ladrillo a ladrillo, para que no quedara la más mínima brecha para una oportunidad de paz. Eso era entonces el principal y bastante exitoso plan de negocios del «mundo civilizado». Contra todo lo que veía, me convencí sinceramente a mí mismo y a los demás de que una perspectiva tan monstruosa era imposible, de que algo inesperado ocurriría sin falta y de que los planes de nuestro fratricidio serían frustrados. Como se sabe, no ocurrió ningún milagro.
Con la misma claridad que entonces, vemos cómo Europa prepara una guerra que promete ser la más destructiva de todas. El poder es ciego y despiadado. No ocurren milagros. Hay pueblos ante una elección que difícilmente consiste en las urnas de las votaciones. Pueblos asustados e idiotizados por los gobiernos y la prensa. Las protestas callejeras y la escritura de artículos analíticos inteligentes no bastan. Se necesita una organización civil internacional que comprendiera, como ahora se acostumbra decir, las «causas primeras del conflicto». La causa primera es el neoliberalismo.
Con los que creen que «Trump vendrá y pondrá orden» tenemos valores y conceptos demasiado distintos. Se puede quejar uno infinitamente ante Trump de que «Zelenski lo llamaba gusano de tierra», pero un poquitísimo de memoria sobre los últimos acontecimientos en el mundo —desde el asalto bandidesco a Venezuela y el salvaje bloqueo de Cuba hasta el demente ataque a Irán— inmediatamente pone cada cosa en su lugar. Quizá tengo demasiado pobre la imaginación, pero no sé cómo ni de qué negociar con ellos (los tratos para intensificar el «zhabogadyuking» en los pantanos de Borrell no cuentan; como medida a corto plazo son magníficos).
Como millones de personas normales de los más diversos credos, confesiones y convicciones, sueño con la paz para Ucrania. Pero al mismo tiempo entiendo que la guerra ucraniana es inseparable de la tragedia de toda la humanidad, donde tanto Oriente Medio como África, América Latina y Europa Occidental son partes indivisibles de una única tragedia universal, cuya causa primera es la misma y donde cualquier «tregua» es mentira. Porque la paz para Ucrania y el fin del bloqueo de Cuba son variables de una misma ecuación.
Mientras los cascos despiadados de las manadas de ponis rosados, bajo el relincho de jinetes enanos invisibles, destrozan nuestro cerebro, mi fe está en otra cosa: en el coraje de la poesía y la prosa de nuestro pensamiento.
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