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Católicos españoles en defensa de la Fe y la Patria.

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Channel NameLas Catacumbas ✝🇪🇸
Username@catacumbasdelaverdad
CategoryReligión
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CountryEspaña
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Created10 abr 2026
Last Updated23 oct 2026 • hace 21 horas
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23 oct 2026, 13:04

Padre Pío Pensamiento n° 297 Viernes 23 Octubre El destino de las almas elegidas es el sufrir. El sufrimiento soportado cristianamente es la condición que Dios, autor de todas las gracias y de todos los dones que conducen a la salvación, ha establecido para…
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23 oct 2026, 13:03

Padre Pío
Pensamiento n° 297
Viernes 23 Octubre

El destino de las almas elegidas es el sufrir. El sufrimiento soportado cristianamente es la condición que Dios, autor de todas las gracias y de todos los dones que conducen a la salvación, ha establecido para concedernos la gloria.
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22 oct 2026, 16:14

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Domingo 25 de octubre, 12:30h.
Santa Misa Tradicional Cantada en la Festividad de Cristo Rey.
Parroquia de San Bartolomé.
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21 oct 2026, 09:00

No esperes a tener una vida perfecta para empezar a ser fiel. Comienza hoy, con la gracia de Dios, por aquello que ha puesto en tus manos.

Oración final

Señor Jesús, hazme un administrador fiel de los dones que he recibido.

Que no desperdicie el tiempo que me concedas, que no descuide a las personas que me confías y que no entierre las capacidades que puedo poner al servicio del bien.

Enséñame a vivir preparado, no por miedo, sino por amor; no con ansiedad, sino con esperanza; no buscando mi propia gloria, sino procurando tu voluntad.

Que mi vida entera sea una respuesta agradecida a tu gracia.

Amén.
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21 oct 2026, 09:00

III. ORATIO — Oración personal

Señor, Padre bueno, reconozco que todo lo que tengo procede de Ti.

Gracias por la vida, por la fe, por las capacidades que me has concedido y por las personas que has puesto en mi camino.

Perdóname por las veces en que he vivido como si fuera dueño absoluto de mi tiempo, de mis bienes o de mis talentos. Perdóname por las responsabilidades que he descuidado, por el bien que he aplazado y por las ocasiones en que he buscado mi comodidad antes que tu voluntad.

Dame un corazón agradecido y fiel.

Enséñame a cumplir mis deberes sin quejarme continuamente, a servir sin buscar reconocimiento y a utilizar mis dones para el bien de quienes me rodean.

Líbrame de la pereza espiritual, de la falsa seguridad y de la idea de que siempre habrá tiempo para convertirme.

No permitas que el miedo al futuro me impida vivir responsablemente el presente. Dame prudencia para preparar lo necesario, humildad para reconocer mis límites y confianza para dejar en tus manos aquello que no puedo controlar.

Espíritu Santo, ilumina mi conciencia y fortalece mi voluntad. Ayúdame a descubrir qué me estás pidiendo hoy y concédeme la perseverancia para cumplirlo.

Que, cuando el Señor venga, me encuentre procurando ser fiel en lo pequeño, amando a quienes me has confiado y caminando con esperanza hacia la vida eterna.

Por Jesucristo, nuestro Señor.

Amén.

IV. CONTEMPLATIO — Permanecer en la presencia de Dios

Quédate unos minutos en silencio ante el Señor.

No intentes repasar todas tus obligaciones ni resolver de golpe cada dificultad. Permite que la Palabra ilumine tu conciencia y te ayude a reconocer el siguiente paso.

Repite lentamente:

«Al que mucho se le dio, mucho se le reclamará».

Después, deja que esta frase te conduzca a la gratitud antes que a la ansiedad.

¿Qué has recibido de Dios? ¿Qué personas te ha confiado? ¿Qué capacidades puedes poner al servicio del bien? ¿Qué responsabilidad necesita hoy una respuesta más fiel?

No te compares con otras personas. Presenta al Señor tu propia vida, con sus dones, sus límites y sus posibilidades reales.

Pídele la gracia de hacer bien lo que te corresponde, sin orgullo por tus logros ni desesperación por tus debilidades.

Permanece en silencio y descansa en su presencia.

V. ACTIO — Propósito concreto

Hoy cumpliré con amor una responsabilidad que Dios me ha confiado y que estoy tentado a posponer.

Elige una acción sencilla y concreta:

- Atender una obligación familiar pendiente.
- Cumplir una tarea laboral con especial honestidad y cuidado.
- Dedicar un momento a la oración aunque no tengas ganas.
- Pedir perdón por una falta que has estado justificando.
- Utilizar una capacidad tuya para ayudar a alguien.
- Ordenar o cuidar algo que se te ha confiado.
- Reservar un momento para escuchar con paciencia a una persona que necesita atención.

No necesitas hacerlo todo. La fidelidad consiste en responder con amor a lo que hoy te corresponde.

Al terminar el día, pregúntate brevemente: ¿he cuidado bien lo que el Señor me ha confiado?

Si has fallado, no te escondas ni te desanimes. Reconoce el error, pide perdón cuando corresponda y vuelve a empezar.

VI. Reflexión final: vivir preparados es amar hoy

La vigilancia cristiana no consiste en vivir obsesionados con el final de nuestra vida. Consiste en vivir de tal manera que no tengamos que aplazar indefinidamente nuestra respuesta a Dios.

El Señor nos ha confiado una vida concreta, unas responsabilidades y unas oportunidades de amar. No podemos hacerlo todo, ni tenemos las mismas fuerzas todos los días. Pero sí podemos pedir la gracia de ser fieles en aquello que nos corresponde.

A veces pensamos que la santidad llegará cuando cambien nuestras circunstancias, cuando tengamos más tiempo o cuando desaparezcan nuestras dificultades. Sin embargo, Dios nos llama a responder en el presente.

La santidad comienza cuando cumplimos el deber de hoy con amor, cuando abandonamos una excusa, cuando pedimos perdón, cuando servimos sin reconocimiento y cuando confiamos en Dios sin desentendernos de nuestras obligaciones.
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21 oct 2026, 09:00

La fidelidad del administrador no se demuestra con promesas ni con apariencias, sino haciendo lo que le corresponde cuando llega el momento de actuar.

Esta enseñanza tiene una aplicación directa en nuestra vida cotidiana. La virtud se forma en las pequeñas decisiones que repetimos: cumplir una palabra dada, trabajar con honestidad, cuidar lo que pertenece a otros, respetar a quienes dependen de nosotros y realizar nuestras tareas sin necesitar una vigilancia constante.

La responsabilidad cristiana no se limita a evitar grandes pecados. También consiste en no descuidar el bien concreto que tenemos delante.

En la familia, por ejemplo, la fidelidad puede manifestarse en la paciencia con los hijos, en la atención al cónyuge, en la distribución justa de las obligaciones y en el esfuerzo por cumplir las tareas necesarias aunque resulten poco gratificantes.

En el trabajo, puede manifestarse en la honradez, en el cuidado de los materiales y en el cumplimiento de los compromisos.

Y en la vida espiritual, en perseverar en la oración y acudir a los sacramentos sin depender exclusivamente del estado de ánimo.

Para examinar el corazón:

- ¿Cumplo mis deberes aunque nadie me observe?
- ¿Soy responsable con las personas y los bienes que se me han confiado?
- ¿Estoy esperando a sentir ganas para hacer lo que sé que debo hacer?
- ¿Qué pequeña obligación puedo cumplir hoy con más amor?

5. La falsa seguridad de pensar que siempre habrá tiempo

Jesús advierte sobre el servidor que, creyendo que su señor tardará, comienza a vivir de manera irresponsable.

El problema no es solamente que se equivoque al calcular el momento de la llegada. Es que utiliza esa supuesta demora para justificar una conducta que contradice su misión.

También nosotros podemos vivir como si siempre tuviéramos tiempo para convertirnos.

Podemos decir que rezaremos cuando haya menos obligaciones, que pediremos perdón cuando se nos pase el orgullo, que corregiremos un hábito cuando resulte más cómodo o que empezaremos a vivir con mayor fidelidad en una etapa futura.

Pero la vida cristiana sucede en el presente. La gracia nos invita a responder hoy.

Esto no significa que debamos intentar resolver todos nuestros defectos en un solo día. La conversión es un camino que exige perseverancia. Significa que no debemos utilizar la dificultad del camino como excusa para no dar el siguiente paso.

Si hemos pecado, podemos arrepentirnos. Si hemos descuidado la oración, podemos retomarla. Si hemos tratado mal a alguien, podemos buscar la reconciliación.

La misericordia de Dios no nos invita a aplazar la conversión: nos da esperanza para comenzar.

Para examinar el corazón: ¿Qué cambio estoy posponiendo? ¿Qué paso concreto puedo dar hoy, sin esperar a que todas las circunstancias sean perfectas?

6. «A quien mucho se le dio, mucho se le reclamará»

Esta frase de Jesús nos invita a tomar en serio los dones y las responsabilidades recibidos.

Quien ha recibido más formación, autoridad, oportunidades o medios tiene una responsabilidad particular en el uso de esos bienes. La autoridad cristiana no es un permiso para dominar, sino una llamada a servir.

Cuanto más poder tenemos sobre una situación, más debemos procurar emplearlo para el bien. Cuanto más sabemos sobre lo que es correcto, mayor es nuestra responsabilidad de actuar conforme a esa verdad.

Esta enseñanza no debe convertirse en una comparación ansiosa con los demás. No conocemos plenamente las circunstancias, las dificultades ni las gracias que cada persona ha recibido.

Nuestro examen de conciencia debe ser personal: ¿qué me ha confiado Dios a mí y cómo estoy respondiendo?

La responsabilidad cristiana está unida a la misericordia. Dios conoce nuestra debilidad, nos ofrece su gracia y nos llama a levantarnos cuando hemos fallado. Pero su misericordia nunca convierte la infidelidad en algo indiferente.

El amor verdadero nos mueve a responder.

Para examinar el corazón: ¿Estoy usando mis capacidades para servir? ¿He recibido alguna responsabilidad que estoy ejerciendo con egoísmo, negligencia o falta de caridad?
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21 oct 2026, 09:00

A todo aquel a quien mucho se le ha dado, mucho se le reclamará; y a quien mucho se le ha confiado, más se le pedirá».

Palabra del Señor.

II. MEDITATIO — ¿Qué me dice Dios por medio de su Palabra?

1. La gracia recibida es una misión

San Pablo reconoce que el anuncio del Evangelio es una gracia que Dios le ha confiado. No se atribuye a sí mismo toda la gloria: sabe que su misión procede del Señor.

Esta actitud es fundamental para la vida cristiana. Todo lo bueno que hemos recibido —nuestras capacidades, el tiempo, las oportunidades, la formación y las responsabilidades— debe llevarnos a la gratitud y al servicio.

La gracia no es un privilegio que nos permita considerarnos superiores. Es un don que nos compromete a amar más.

También nuestra vocación cotidiana puede convertirse en una misión: cuidar de la familia, trabajar con honestidad, educar a los hijos, atender al necesitado, perseverar en la oración y contribuir al bien de quienes nos rodean.

No todos recibimos las mismas capacidades ni tenemos las mismas circunstancias. Dios no nos pide que vivamos la vocación de otra persona, sino que respondamos con fidelidad a la nuestra.

La pregunta no es si hemos recibido mucho o poco según los criterios del mundo. La pregunta es qué estamos haciendo con aquello que Dios ha puesto en nuestras manos.

Para examinar el corazón:

- ¿Reconozco mis dones como regalos de Dios?
- ¿Los utilizo para el bien o solamente para mi comodidad?
- ¿Estoy descuidando alguna responsabilidad que el Señor me ha confiado?
- ¿Sirvo con gratitud o vivo comparándome con los demás?

2. La Iglesia manifiesta la sabiduría de Dios

San Pablo explica que el misterio de Cristo reúne en un mismo cuerpo a personas de distintos pueblos. La salvación no es un proyecto de orgullo individual: Dios nos llama a vivir unidos a Cristo y a participar de la comunión de su Iglesia.

Esto nos recuerda que la fe no puede reducirse a una espiritualidad hecha a nuestra medida. No somos nosotros quienes decidimos qué partes del Evangelio aceptamos y cuáles descartamos según nuestra conveniencia.

El Señor nos invita a recibir la fe con humildad, a dejarnos formar por su Palabra y a vivir la caridad en comunión con la Iglesia.

La sabiduría de Dios también se manifiesta cuando personas diferentes aprenden a amarse, perdonarse y trabajar por el bien común.

En nuestras relaciones, la comunión requiere paciencia, verdad y capacidad de pedir perdón. No significa justificar el mal ni renunciar a la verdad, sino buscar el bien sin convertir nuestras diferencias en motivo de desprecio.

Para examinar el corazón: ¿Busco la comunión o alimento divisiones? ¿Acepto dejarme corregir por la Palabra de Dios y por la enseñanza de la Iglesia?

3. «Confiaré y no temeré»: la vigilancia nace de la confianza

El salmo nos enseña a proclamar que Dios es nuestra fuerza y nuestra salvación.

La vigilancia cristiana podría confundirse con una preocupación constante por el futuro, como si debiéramos vivir esperando una desgracia. Pero el Evangelio no nos invita a la angustia: nos invita a la fidelidad.

Estar preparados significa vivir reconciliados con Dios, procurar permanecer en su gracia y no posponer indefinidamente nuestra conversión.

No sabemos cuánto tiempo tenemos ni qué circunstancias encontraremos mañana. Por eso no conviene aplazar el perdón, la oración, el cumplimiento de nuestros deberes o la decisión de abandonar un pecado.

Confiar en Dios tampoco significa que no sentiremos temor o cansancio. Significa que no dejamos que esas emociones decidan por nosotros.

Podemos actuar con prudencia, atender nuestras obligaciones y planificar el futuro sin olvidar que nuestra vida está en manos del Señor.

Para examinar el corazón: ¿Estoy viviendo con confianza en Dios o dominado por el miedo? ¿Qué cambio necesario sigo aplazando?

4. El administrador fiel cumple su deber aunque nadie lo vigile

Jesús presenta la imagen de un administrador encargado de cuidar a los servidores de su señor.
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21 oct 2026, 09:00

LECTIO DIVINA

Miércoles, 21 de octubre de 2026

Ser fieles a lo que Dios nos ha confiado

Lecturas: Efesios 3, 2-12; Isaías 12, 2-6; Lucas 12, 39-48.

Tema espiritual: La fidelidad, la vigilancia y la responsabilidad ante Dios.

I. LECTIO — Leer la Palabra de Dios

Comienza haciendo la señal de la cruz. Invoca al Espíritu Santo y pídele que te conceda un corazón atento, humilde y dispuesto a obedecer.

Lee las lecturas sin prisas. No busques únicamente una frase bonita para recordar: escucha lo que Dios quiere iluminar, corregir o fortalecer en tu vida.

Primera lectura: Efesios 3, 2-12

Texto en castellano basado en una traducción bíblica clásica de dominio público; la redacción puede diferir del Leccionario vigente.

Hermanos:

Sin duda habéis oído hablar de la dispensación de la gracia de Dios que me ha sido dada en favor vuestro; pues por revelación me fue dado a conocer el misterio, como ya os escribí brevemente.

Por lo cual, leyéndolo, podéis comprender el conocimiento que tengo del misterio de Cristo, que en otras generaciones no fue manifestado a los hijos de los hombres como ahora ha sido revelado por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas.

A saber: que los gentiles son coherederos, miembros de un mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo por medio del Evangelio, del cual he sido constituido ministro por el don de la gracia de Dios, que me ha sido concedida según la eficacia de su poder.

A mí, el menor de todos los santos, me ha sido dada esta gracia de anunciar a los gentiles las riquezas insondables de Cristo y de iluminar a todos acerca de la realización del misterio escondido desde los siglos en Dios, creador de todas las cosas.

Así, por medio de la Iglesia, se da a conocer ahora a los principados y potestades celestiales la multiforme sabiduría de Dios, conforme al designio eterno que ha realizado en Cristo Jesús, Señor nuestro, por quien tenemos libre y confiado acceso a Dios mediante la fe en Él.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial: Isaías 12, 2-6

R. Sacaréis aguas con gozo de las fuentes del Salvador.

Él es mi Dios y Salvador: confiaré y no temeré, porque mi fuerza y mi poder es el Señor, Él fue mi salvación.

Y sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación.

R. Sacaréis aguas con gozo de las fuentes del Salvador.

Dad gracias al Señor, invocad su nombre, contad a los pueblos sus hazañas, proclamad que su nombre es excelso.

R. Sacaréis aguas con gozo de las fuentes del Salvador.

Tañed para el Señor, que hizo proezas; anunciadlas a toda la tierra.

Gritad jubilosos, habitantes de Sion: ¡qué grande es en medio de ti el Santo de Israel!

R. Sacaréis aguas con gozo de las fuentes del Salvador.

Evangelio: Lucas 12, 39-48

Texto en castellano basado en una traducción clásica de dominio público; puede diferir de la formulación litúrgica vigente.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Comprended que si el dueño de una casa supiera a qué hora ha de venir el ladrón, velaría y no dejaría abrir un boquete en su casa.

Vosotros, pues, estad preparados, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del hombre».

Entonces Pedro le preguntó:

«Señor, ¿dices esta parábola por nosotros o por todos?».

Y el Señor respondió:

«¿Quién es el administrador fiel y prudente a quien su señor pondrá al frente de sus servidores para que les dé la ración de alimento a su tiempo?

Dichoso aquel criado a quien su señor, cuando llegue, encuentre obrando así. En verdad os digo que lo pondrá al frente de todos sus bienes.

Pero si aquel criado dijere en su corazón: “Mi señor tarda en venir”, y comenzare a maltratar a los demás servidores y a comer, beber y embriagarse, vendrá el señor de aquel criado el día que no espera y a la hora que no sabe, y lo castigará y le dará el destino de los infieles.

El criado que conoce la voluntad de su señor y no se prepara ni obra conforme a ella recibirá muchos azotes; pero el que no la conoce y hace algo digno de castigo recibirá pocos.
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20 oct 2026, 14:49

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A menudo hay que allegarse a este Sacramento, puesto que a menudo ofendemos al Señor. ¿Cómo podemos vivir aunque sea un momento con el pecado mortal en nuestra conciencia? Si muriésemos en ese funesto estado, estaríamos perdidos para toda la eternidad. Vemos todos los días que la muerte arrebata a tantas personas repentina e imprevistamente; nunca deberíamos vivir en un estado en el cual no quisiéramos morir. Confiésate con frecuencia: se llama o se va al médico todas las veces que uno está enfermo.

Por: poco y católico
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17 oct 2026, 20:31

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🔴 INFO EXCLUSIVA:

La portavoz del PSOE comparte con su pareja un chalé de lujo en una parcela de 7.000 metros propiedad de su fondo Nest Life.

Además de sus negocios inmobiliarios, a causa de la posesión de 30 inmuebles, el novio de Montse Mínguez también es propietario de un restaurante que ingresó 1,1 millones en 2025.

Mientras tanto, la socialista llamaba a defender a Maricarmen y a frenar la especulación de la vivienda.
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17 oct 2026, 13:31

Que nunca anteponga la aprobación de los hombres a la fidelidad a Dios. Y que mi vida, aun en sus pequeñas acciones, sea un testimonio humilde y verdadero de Jesucristo.

Amén.

IV. CONTEMPLATIO — Permanecer en la presencia de Dios

Permanece unos minutos en silencio.

No necesitas demostrarle nada a Dios. Él conoce tus capacidades, tus temores y tus debilidades. Preséntate ante Él con sinceridad y deja que su Palabra ilumine tu corazón.

Repite lentamente:

«El Espíritu Santo os enseñará en aquella hora lo que tenéis que decir».

Recuerda alguna situación en la que necesites dar testimonio de tu fe o actuar con mayor coherencia cristiana.

No imagines únicamente grandes pruebas. Piensa también en las circunstancias ordinarias en las que puedes elegir entre la comodidad y la fidelidad, entre el orgullo y la humildad, entre el silencio cobarde y la palabra prudente.

Pide al Espíritu Santo que te conceda la gracia de responder como discípulo de Cristo.

Permanece después en silencio, confiando en que la oración debe conducirnos a una vida más fiel.

V. ACTIO — Propósito concreto

Hoy daré testimonio de Cristo mediante una acción concreta de fidelidad y caridad.

Puedes elegir una de estas acciones:

- Hacer la señal de la cruz y rezar con naturalidad, sin avergonzarte de tu fe.
- Defender a una persona que está siendo tratada injustamente.
- Corregir una conducta propia que contradice el Evangelio.
- Hablar de la fe con serenidad cuando se presente una ocasión adecuada.
- Cumplir una obligación familiar o laboral con especial responsabilidad.
- Pedir al Espíritu Santo ayuda antes de una conversación difícil.
- Rezar por quienes sufren persecución a causa de su fe.

Elige un propósito realista. La fidelidad comienza muchas veces en lo pequeño y cotidiano.

VI. San Ignacio de Antioquía: una fe que llega hasta el final

San Ignacio de Antioquía fue obispo y mártir de la Iglesia primitiva. Durante su traslado a Roma, donde sufriría el martirio, escribió cartas a distintas comunidades cristianas exhortándolas a permanecer unidas a Cristo y a la Iglesia.

Su testimonio muestra que la fe no era para él una opinión que pudiera abandonarse cuando resultara incómoda. Era una adhesión personal a Jesucristo, por quien estaba dispuesto a entregar la vida.

Su ejemplo no nos invita a buscar el sufrimiento ni a despreciar la vida. Nos enseña que el amor a Cristo debe ser más fuerte que el miedo y que la fidelidad no puede depender únicamente de que las circunstancias sean favorables.

La mayoría de los cristianos no estamos llamados al martirio de sangre, pero sí a una forma cotidiana de entrega: morir al egoísmo, renunciar al pecado, cumplir nuestros deberes y permanecer fieles cuando hacerlo exige sacrificio.

La valentía cristiana no nace de creernos fuertes. Nace de saber a quién pertenecemos y de confiar en la gracia de Dios.

Oración final

Señor Jesús, que fortaleciste a los mártires para que permanecieran fieles hasta el final, sostén también nuestra debilidad.

Por intercesión de san Ignacio de Antioquía, concédenos amar tu Iglesia, profesar nuestra fe con valentía y vivir de tal manera que nuestras obras den testimonio de tu Evangelio.

Espíritu Santo, guía nuestras palabras y decisiones. Haznos fieles en la prueba, humildes en la victoria y perseverantes en el bien.

Que nada nos aparte de Cristo y que toda nuestra vida sea para gloria de Dios.

Amén.
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17 oct 2026, 13:31

En otras ocasiones, el testimonio será silencioso: cumplir nuestras obligaciones, tratar con paciencia a nuestra familia, devolver lo que no nos pertenece, reconocer un error o mantenernos fieles cuando nadie nos ve.

No todos estamos llamados a dar testimonio mediante el martirio de sangre, pero todos estamos llamados a la fidelidad cotidiana.

Para examinar el corazón:

- ¿Me avergüenzo de reconocer mi fe?
- ¿Callo ante una injusticia por miedo a perder la aprobación de los demás?
- ¿Mi manera de vivir hace creíble el Evangelio que profeso?
- ¿Sé defender la verdad sin orgullo ni desprecio?

5. La blasfemia contra el Espíritu Santo: no cerrar el corazón a la gracia

El Evangelio contiene una advertencia seria acerca de la blasfemia contra el Espíritu Santo.

La tradición católica explica que no se trata de una palabra involuntaria, de una duda pasajera ni de un pensamiento intrusivo que una persona rechaza. Se refiere a una resistencia culpable a la verdad y a la gracia de Dios, que puede llegar al rechazo obstinado del arrepentimiento y del perdón.

Dios no se niega a perdonar al pecador arrepentido que acude a Él con humildad. El peligro está en cerrarse deliberadamente a la conversión, rechazar la misericordia y no querer reconocer el propio pecado.

Esta advertencia debe llevarnos a la vigilancia, no a la desesperación.

Si reconocemos que necesitamos perdón y deseamos volver a Dios, no debemos huir de Él por miedo. Debemos acercarnos con arrepentimiento, recurrir al sacramento de la Penitencia cuando sea necesario y confiar en la misericordia de Cristo.

El Espíritu Santo nos mueve a reconocer la verdad, arrepentirnos y abrirnos de nuevo a la gracia.

Para examinar el corazón: ¿Hay algún pecado que me resisto a reconocer? ¿Estoy dispuesto a dejar que Dios corrija aquello que prefiero justificar?

6. El Espíritu Santo nos asistirá en la hora de la prueba

Jesús no promete que sus discípulos nunca tendrán que responder por su fe. Les asegura que el Espíritu Santo los asistirá cuando sean conducidos ante las autoridades.

Esta promesa no significa que podamos descuidar la formación cristiana y esperar que el Espíritu Santo sustituya todo esfuerzo. Significa que, cuando llega la prueba, no dependemos exclusivamente de nuestras capacidades.

Necesitamos prepararnos para conocer la fe, formar la conciencia y aprender a hablar con prudencia. Pero también necesitamos confiar en la gracia de Dios, especialmente cuando las circunstancias superan nuestras fuerzas.

Hay pruebas públicas, como la persecución o la presión para renunciar a nuestras convicciones. También hay pruebas pequeñas: explicar con serenidad una decisión cristiana, reconocer un error, soportar una burla o permanecer fiel a la verdad cuando hacerlo tiene un coste.

En todas ellas podemos pedir al Espíritu Santo luz, fortaleza y palabras oportunas.

Para examinar el corazón: ¿Confío en la asistencia de Dios cuando tengo que dar testimonio de mi fe? ¿Me preparo para vivirla con coherencia en las circunstancias ordinarias?

III. ORATIO — Oración personal

Señor Jesucristo, Hijo del Dios vivo, ilumina los ojos de mi corazón para que pueda conocerte mejor.

Aumenta mi fe, fortalece mi esperanza y purifica mi caridad. Que no me conforme con hablar de Ti, sino que aprenda a vivir unido a Ti en mis pensamientos, mis palabras y mis obras.

Dame valentía para confesarte delante de los hombres. Líbrame del respeto humano que me lleva a callar la verdad y del orgullo que me hace defenderla sin amor.

Enséñame a responder al mal con el bien, a actuar con justicia y a cumplir mis deberes con fidelidad.

Espíritu Santo, ilumina mi entendimiento, fortalece mi voluntad y enséñame a discernir lo que debo decir y hacer. Cuando tenga miedo, concédeme confianza; cuando me falten las palabras, dame prudencia; cuando me sienta débil, recuérdame que tu gracia puede sostenerme.

Por intercesión de san Ignacio de Antioquía, concédeme una fe firme, una esperanza perseverante y una caridad que no se aparte de la verdad.
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17 oct 2026, 13:31

Podemos conocer muchas cosas sobre la religión y, sin embargo, necesitar una conversión profunda en nuestra forma de vivir. Podemos saber explicar la doctrina y ser impacientes con quienes tenemos cerca. Podemos hablar de caridad y conservar resentimientos. Podemos defender la verdad y olvidar la mansedumbre.

Por eso necesitamos que Dios ilumine los ojos de nuestro corazón.

La sabiduría cristiana nos ayuda a distinguir lo esencial de lo secundario, a reconocer nuestros pecados, a valorar los bienes eternos y a ordenar nuestros actos según la voluntad divina.

Para examinar el corazón:

- ¿Busco crecer en el conocimiento de Dios mediante la oración y la lectura de la Escritura?
- ¿Permito que la fe transforme mis reacciones y mis decisiones?
- ¿Pido al Señor sabiduría antes de juzgar, hablar o actuar?

2. Cristo es la Cabeza de la Iglesia

San Pablo proclama la soberanía de Jesucristo: el Padre lo ha resucitado y lo ha constituido Cabeza de todas las cosas en favor de la Iglesia, que es su Cuerpo.

La Iglesia no es simplemente una asociación de personas que comparten unas ideas. Es el Cuerpo de Cristo, unido a Él y vivificado por su gracia.

Esta verdad nos recuerda que nuestra vida cristiana no puede reducirse a una relación individual con Dios al margen de la Iglesia. Recibimos la fe, los sacramentos y la enseñanza apostólica dentro de la comunión eclesial.

También nos recuerda que Cristo está por encima de cualquier poder humano. Las opiniones del mundo cambian, las modas pasan y las ideologías se suceden, pero Jesucristo permanece Señor de la historia.

Seguirlo exige ordenar nuestra vida conforme a su Evangelio, incluso cuando eso nos sitúa en contradicción con el pensamiento dominante.

Para examinar el corazón: ¿Es Cristo verdaderamente el centro de mis decisiones? ¿Me dejo guiar por su enseñanza o selecciono únicamente aquello que me resulta cómodo?

3. «¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?»

El salmo nos invita a contemplar la grandeza de la creación y, al mismo tiempo, la dignidad del ser humano.

Ante la inmensidad del cielo, el hombre parece pequeño. Sin embargo, Dios se acuerda de él, lo cuida y le concede una dignidad singular.

Esta contemplación nos libra de dos errores contrarios.

El primero es el orgullo: creer que somos autosuficientes, que no necesitamos a Dios y que podemos disponer de nuestra vida sin referencia a Él.

El segundo es el desprecio de nosotros mismos: pensar que nuestra existencia carece de valor, que nuestras acciones no importan o que nuestras debilidades nos hacen indignos de acercarnos al Señor.

La verdad cristiana es distinta. Somos criaturas, no dioses; dependemos de nuestro Creador, pero hemos sido llamados a una dignidad y a una vocación que superan nuestros méritos.

Nuestra dignidad no nos autoriza a vivir de cualquier manera. Nos compromete a cuidar la vida recibida, respetar al prójimo y emplear nuestros dones para el bien.

Para examinar el corazón: ¿Agradezco a Dios la vida y los dones que he recibido? ¿Trato a los demás como personas dotadas de una dignidad que procede de Dios?

4. Confesar a Cristo delante de los hombres

Jesús habla con claridad: quien lo confiese delante de los hombres será reconocido por Él delante de los ángeles de Dios.

Confesar a Cristo significa reconocer públicamente quién es Él y vivir de acuerdo con esa fe.

No significa buscar discusiones, imponer nuestras convicciones por la fuerza ni hablar de religión en cualquier circunstancia sin prudencia. El testimonio cristiano debe estar unido a la caridad, a la verdad y al respeto debido a cada persona.

Pero tampoco podemos convertir la prudencia en una excusa permanente para ocultar nuestra fe.

Hay momentos en los que seguir a Cristo exige decir que no, defender a quien es tratado injustamente, rechazar una conducta inmoral o explicar con serenidad por qué no participamos en algo contrario a nuestra conciencia.
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17 oct 2026, 13:31

LECTIO DIVINA

Sábado, 17 de octubre de 2026

San Ignacio de Antioquía, obispo y mártir

Tema: Confesar a Cristo con valentía y vivir bajo la guía del Espíritu Santo.

I. LECTIO — Leer la Palabra de Dios

Comienza haciendo la señal de la cruz. Pide al Espíritu Santo que ilumine tu entendimiento y disponga tu corazón para escuchar la Palabra.

Lee despacio los textos. Detente allí donde encuentres una palabra que te consuele, te interrogue o te llame a la conversión.

Primera lectura: Efesios 1, 15-23

Texto en castellano basado en una traducción bíblica clásica de dominio público; puede diferir de la formulación del Leccionario vigente.

Por esta causa también yo, habiendo oído de vuestra fe en el Señor Jesús, y de vuestro amor para con todos los santos, no ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria de vosotros en mis oraciones;

Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él;

Alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál sea la esperanza de su vocación, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos,

Y cuál aquella supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, por la operación de la potencia de su fortaleza,

La cual obró en Cristo, resucitándole de los muertos, y colocándole a su diestra en los cielos,

Sobre todo principado, y potestad, y potencia, y señorío, y todo nombre que se nombra, no solo en este siglo, sino aun en el venidero.

Y sometió todas las cosas debajo de sus pies, y diólo por cabeza sobre todas las cosas a la Iglesia,

La cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que hinche todas las cosas en todos.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial: Salmo 8, 2-3a. 4-5. 6-7

R. ¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!

¡Oh Jehová, Señor nuestro, cuán grande es tu nombre en toda la tierra, que has puesto tu gloria sobre los cielos!

De la boca de los chiquitos y de los que maman, fundaste la fortaleza, a causa de tus enemigos, para hacer callar al enemigo y al que se venga.

R. ¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!

Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste:

Digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, que lo visites?

R. ¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!

Pues le has hecho poco menor que los ángeles, y coronástelo de gloria y de lustre.

Hicístelo enseñorear de las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies.

R. ¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!

Evangelio: Lucas 12, 8-12

Texto en castellano basado en una traducción clásica de dominio público; puede diferir del Leccionario vigente.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Y os digo que todo aquel que me confesare delante de los hombres, también el Hijo del hombre le confesará delante de los ángeles de Dios;

Mas el que me negare delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios.

Y todo aquel que dice palabra contra el Hijo del hombre, le será perdonado; mas al que blasfemare contra el Espíritu Santo, no le será perdonado.

Y cuando os trajeren a las sinagogas, y a los magistrados y potestades, no estéis solícitos cómo o qué habéis de responder, o qué habéis de decir;

Porque el Espíritu Santo os enseñará en la misma hora lo que será necesario decir».

Palabra del Señor.

II. MEDITATIO — ¿Qué me dice Dios por medio de su Palabra?

1. San Pablo pide que conozcamos a Dios de verdad

San Pablo no se limita a felicitar a los cristianos de Éfeso por su fe y su amor. Pide para ellos algo más profundo: que reciban el espíritu de sabiduría y que sean iluminados interiormente para conocer mejor a Dios.

La fe no consiste únicamente en aceptar una serie de verdades. Es también entrar en una relación viva con el Señor, crecer en el conocimiento de su voluntad y aprender a mirar nuestra existencia a la luz de la eternidad.
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16 oct 2026, 15:26

- Reconocer una falta sin justificarte.
- Pedir perdón a alguien a quien hayas tratado mal.
- Cumplir una obligación aunque no recibas reconocimiento.
- Evitar una conversación en la que se hable injustamente de otra persona.
- Realizar una obra de caridad en secreto.
- Tomar una decisión necesaria sin dejarte dominar por el miedo a las críticas.
- Dedicar unos minutos a presentar al Señor una preocupación y discernir qué paso responsable puedes dar.

No busques hacer muchas cosas para sentir que has cumplido. Elige una acción sincera y llévala a cabo con amor.

VI. Reflexión final: la verdad que conduce a la libertad

La Palabra de hoy nos invita a abandonar dos esclavitudes: la necesidad de aparentar y la necesidad de controlarlo todo.

La primera nos hace vivir pendientes de la mirada humana. La segunda nos lleva a cargar con preocupaciones como si todo dependiera exclusivamente de nosotros.

Cristo nos ofrece un camino distinto: vivir en la verdad ante Dios y caminar con confianza bajo su Providencia.

La sinceridad cristiana no es exhibir nuestras miserias, sino dejar de esconderlas ante el Señor. La confianza no es desentendernos de nuestras obligaciones, sino cumplirlas sin convertir la ansiedad en nuestro dueño.

Dios nos conoce plenamente. Por eso podemos arrepentirnos sin desesperar, corregirnos sin fingir y afrontar las dificultades sin perder la esperanza.

Oración final

Padre eterno, Tú que nos has llamado en Cristo y nos has marcado con el sello de tu Espíritu, concédenos perseverar en la fe.

Purifica nuestras intenciones, fortalece nuestra voluntad y haznos fieles en las cosas pequeñas.

Que no vivamos buscando la aprobación del mundo, sino procurando agradarte en todo. Y que, cuando lleguen la incertidumbre y las dificultades, recordemos que estamos bajo tu mirada amorosa.

Por Jesucristo, nuestro Señor.

Amén.
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16 oct 2026, 15:26

El Evangelio culmina con una de las afirmaciones más consoladoras de Jesús: no debemos temer, porque somos preciosos ante Dios.

Cristo no promete que nunca sufriremos. Tampoco afirma que todas nuestras preocupaciones desaparecerán de inmediato. Nos revela algo más profundo: no estamos abandonados a nuestra suerte.

Dios conoce nuestra vida hasta en sus detalles más pequeños. Ninguna persona es insignificante para Él; ningún sufrimiento queda fuera de su conocimiento.

La Providencia no significa que podamos exigir que todo suceda según nuestros deseos. Significa que podemos confiar en Dios incluso cuando no comprendemos lo que permite, y buscar fielmente el bien que nos corresponde realizar.

Esta confianza tampoco debe confundirse con la pasividad. Si tenemos una responsabilidad que cumplir, debemos cumplirla. Si hemos cometido una injusticia, debemos repararla. Si necesitamos pedir ayuda, debemos hacerlo. Si hay una decisión prudente que tomar, debemos tomarla.

La confianza cristiana nos libra de la angustia de pretender controlarlo todo, no del deber de obrar bien.

El cristiano puede sentir miedo y, aun así, confiar. Puede atravesar una prueba sin comprenderla y, aun así, perseverar. Puede experimentar cansancio y seguir amando, sostenido por la gracia.

Para examinar el corazón: ¿Qué preocupación me está robando la paz? ¿Qué parte de esa situación puedo resolver responsablemente y qué parte debo confiar a Dios?

III. ORATIO — Oración personal

Señor Jesús, Tú conoces mi corazón mejor que yo mismo.

Conoces mis buenas intenciones, pero también mis contradicciones; mis deseos de santidad, pero también mis excusas y mis resistencias.

Líbrame de la hipocresía. No permitas que me conforme con parecer bueno, con recibir elogios o con mostrar ante los demás una imagen que no corresponda a mi vida interior.

Dame humildad para reconocer mis pecados sin desesperación, valentía para corregirme y sinceridad para pedir perdón cuando haya obrado mal.

Que mi vida pública y mi vida secreta estén unidas por la misma verdad. Que mis palabras no contradigan mis obras y que mi defensa de la fe comience por una conversión auténtica de mi propio corazón.

Espíritu Santo, fortalece en mí la fe que he recibido. Enséñame a vivir como hijo de Dios, a perseverar en el bien y a buscar tu voluntad por encima de mis preferencias.

Padre celestial, pongo ante Ti mis preocupaciones, mis temores y mis responsabilidades. Ayúdame a distinguir aquello que debo hacer de aquello que debo dejar en tus manos.

No permitas que el miedo a los hombres me aparte de la fidelidad, ni que la preocupación por el futuro me haga olvidar los deberes del presente.

Que recuerde siempre que estoy bajo tu mirada, que conoces mis necesidades y que mi vida tiene un valor que ninguna opinión humana puede quitarme.

Señor, enséñame a vivir en la verdad y a descansar en tu Providencia.

Amén.

IV. CONTEMPLATIO — Permanecer en silencio ante Dios

Quédate unos minutos en silencio.

No necesitas encontrar palabras extraordinarias. Permanece ante el Señor, que conoce tu corazón y te llama a vivir sin máscaras.

Repite lentamente:

«No temáis: de más estima sois que muchos pajarillos».

Deja que esta palabra ilumine tus preocupaciones. No la utilices para evitar tus responsabilidades, sino para recordar que no tienes que vivir esclavizado por la angustia.

Después, pregúntate en silencio:

- Señor, ¿dónde necesito vivir con más sinceridad?
- ¿Qué temor me impide obrar correctamente?
- ¿Qué debo corregir hoy, aunque nadie más lo vea?
- ¿Qué preocupación necesito confiarte?

Permanece unos instantes sin intentar resolverlo todo. Recibe la Palabra y disponte a responder con una acción concreta.

V. ACTIO — Propósito para hoy

Hoy procuraré ser fiel a Dios en lo secreto y confiarle aquello que no puedo controlar.

Elige una acción concreta:
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16 oct 2026, 15:26

La verdadera virtud no consiste en que los demás crean que somos buenos, sino en permitir que la gracia de Dios nos haga mejores.

Para examinar el corazón:

- ¿Me comporto igual cuando nadie me ve?
- ¿Reconozco mis faltas o busco excusas para justificarlas?
- ¿Exijo a los demás una perfección que no me exijo a mí mismo?
- ¿Me duele más haber pecado o haber quedado mal ante los demás?

2. Lo oculto saldrá a la luz: vivir bajo la mirada de Dios

Jesús recuerda que nada permanecerá definitivamente oculto.

Esta advertencia nos invita a la responsabilidad. Nuestras palabras, intenciones y decisiones tienen importancia ante Dios, incluso cuando nadie más las conoce.

No podemos construir una vida cristiana sólida sobre la apariencia. La santidad se trabaja en lo cotidiano: en la manera de hablar de los demás, en el cumplimiento de nuestras obligaciones, en la honestidad de nuestro trabajo y en la fidelidad a nuestros compromisos.

Sin embargo, vivir bajo la mirada de Dios no significa vivir aterrorizados. El Señor conoce también nuestros esfuerzos, las luchas que nadie ve y las obras de amor que realizamos en silencio.

Su mirada es luz que descubre el pecado, pero también misericordia que invita a volver a Él.

Por eso, el examen de conciencia no debería convertirse en una búsqueda obsesiva de defectos. Es un acto humilde de verdad: reconocer el mal para arrepentirnos y reconocer el bien para dar gracias a Dios.

Para examinar el corazón: Si hoy el Señor iluminara todas mis intenciones, ¿qué necesitaría cambiar? ¿Qué bien puedo realizar sin que nadie tenga que enterarse?

3. El temor de Dios nos libera del miedo a los hombres

Jesús llama a sus discípulos «amigos míos» antes de hablarles de la persecución y de la muerte.

Este detalle importa. La llamada a vivir con fidelidad nace dentro de una relación de amistad con Cristo. Él no nos pide valentía desde la distancia: nos llama a seguirlo unidos a Él.

Muchas veces nos preocupa demasiado lo que otros puedan pensar de nosotros. Tememos ser rechazados, criticados o considerados diferentes. Ese miedo puede llevarnos a callar cuando debemos hablar, a consentir lo que sabemos que está mal o a abandonar nuestras convicciones para obtener aprobación.

El temor de Dios pone cada cosa en su lugar. No significa desconfiar de su amor, sino reconocer que su juicio es más importante que el aplauso humano.

Esto tampoco autoriza la arrogancia ni la falta de caridad. Defender la verdad no exige despreciar a quienes piensan de otra manera. Podemos actuar con firmeza y, a la vez, con mansedumbre.

La pregunta decisiva no es: «¿Qué pensarán de mí?», sino: «¿Estoy siendo fiel a Dios?».

Para examinar el corazón: ¿Qué decisión estoy evitando por miedo a la opinión ajena? ¿Cómo puedo defender el bien sin orgullo, agresividad ni deseo de imponerse?

4. El Espíritu Santo es la prenda de nuestra herencia

San Pablo nos recuerda que hemos sido marcados con el sello del Espíritu Santo.

La vida cristiana no se sostiene solamente mediante fuerza de voluntad. Dios nos llama, nos concede su gracia y nos hace partícipes de una esperanza que va más allá de nuestras circunstancias presentes.

El Espíritu Santo no elimina automáticamente nuestras debilidades, pero nos ayuda a luchar contra el pecado, a crecer en virtud y a perseverar en la fe.

La identidad cristiana es un don que debe convertirse en vida. No basta con llevar un nombre, pertenecer exteriormente a una comunidad o conocer las verdades de la fe. Estamos llamados a vivir como hijos de Dios, permitiendo que el Evangelio transforme nuestra conducta.

Por eso, la conversión y la confianza no son opuestas. Precisamente porque Dios nos ha llamado y nos sostiene, podemos reconocer nuestros pecados sin desesperar y volver a empezar sin fingir que no necesitamos cambiar.

Para examinar el corazón: ¿Vivo como alguien que confía en la gracia de Dios? ¿Qué aspecto de mi vida necesita abrirse más a la acción del Espíritu Santo?

5. Hasta los cabellos de nuestra cabeza están contados
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16 oct 2026, 15:26

LECTIO DIVINA

Viernes, 16 de octubre de 2026

Vivir en la verdad y descansar en la Providencia

Lecturas: Efesios 1, 11-14; Salmo 32 (33), 1-2. 4-5. 12-13; Lucas 12, 1-7.

I. LECTIO — Leer la Palabra de Dios

Lee despacio cada lectura. No te apresures a extraer conclusiones. Escucha primero lo que el Señor dice y deja que su Palabra ilumine tu conciencia.

Primera lectura: Efesios 1, 11-14

Texto en una traducción clásica de dominio público; la redacción puede diferir del Leccionario vigente.

En Cristo hemos sido constituidos herederos, habiendo sido predestinados conforme al propósito de aquel que hace todas las cosas según el designio de su voluntad, para que seamos alabanza de su gloria quienes antes esperábamos en Cristo.

En él también vosotros, después de haber escuchado la palabra de la verdad, el Evangelio de vuestra salvación, y después de haber creído, habéis sido marcados con el sello del Espíritu Santo prometido.

Él es la prenda de nuestra herencia, hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial: Salmo 32 (33), 1-2. 4-5. 12-13

R. Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.

Aclamad, justos, al Señor, que merece la alabanza de los buenos.

Dad gracias al Señor con la cítara; tocad en su honor el arpa de diez cuerdas.

R. Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.

Que la palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales.

Él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra.

R. Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.

Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor, el pueblo que él se escogió como heredad.

El Señor mira desde el cielo, se fija en todos los hombres.

R. Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.

Evangelio: Lucas 12, 1-7

Texto en castellano de una traducción clásica de dominio público; puede diferir de la versión litúrgica actual.

En aquel tiempo, habiéndose reunido una multitud tan numerosa que se atropellaban unos a otros, Jesús comenzó a decir, dirigiéndose primero a sus discípulos:

«Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía.

Porque nada hay encubierto que no haya de descubrirse, ni oculto que no haya de saberse.

Por tanto, las cosas que dijisteis en tinieblas serán oídas a la luz, y lo que hablasteis al oído en las cámaras será pregonado desde los terrados.

Mas os digo, amigos míos: no temáis a los que matan el cuerpo y después no tienen más que hacer.

Os enseñaré a quién debéis temer: temed a aquel que, después de haber quitado la vida, tiene poder para arrojar a la gehenna. Sí, os digo: a este temed.

¿No se venden cinco pajarillos por dos monedas? Pues ni uno de ellos está olvidado delante de Dios.

Y aun los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues: de más estima sois que muchos pajarillos».

Palabra del Señor.

II. MEDITATIO — ¿Qué me dice Dios por medio de su Palabra?

1. La hipocresía: aparentar virtud sin dejarse convertir

Jesús utiliza una imagen muy concreta: la levadura. Una pequeña cantidad puede extenderse por toda la masa. Del mismo modo, la hipocresía puede penetrar poco a poco en nuestra vida espiritual hasta deformar nuestras intenciones.

Podemos hacer cosas buenas buscando secretamente la admiración de los demás. Podemos hablar de humildad mientras nos cuesta aceptar una corrección. Podemos defender la verdad con palabras y, al mismo tiempo, evitarla cuando pone al descubierto nuestros propios errores.

La hipocresía no siempre consiste en fingir deliberadamente. A veces comienza cuando nos acostumbramos a justificar nuestras faltas, a exigir a otros lo que nosotros no practicamos o a cuidar más nuestra reputación que nuestra conciencia.

Cristo no denuncia esto para humillarnos sin esperanza, sino para liberarnos.

Dios no necesita que representemos ante Él un papel. Ya conoce nuestras miserias y nuestras capacidades. Lo que espera es que dejemos de escondernos detrás de excusas y acudamos a Él con arrepentimiento sincero.
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15 oct 2026, 08:55

Que mi vida no sea solamente una apariencia de virtud, sino una respuesta fiel a tu gracia.
Jesús, en Ti confío. Amén.
IV. CONTEMPLATIO — Permanecer en la presencia de Dios
Permanece unos minutos en silencio.
No necesitas producir muchas palabras ni encontrar sensaciones especiales. Estás ante Dios, que te conoce y te ama, y que te invita a seguirlo en la verdad.
Repite lentamente, dejando que cada palabra descienda al corazón:
«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré».
Después, guarda silencio y pregúntate:
¿Qué necesito entregar hoy al Señor?
¿Qué debo aceptar con humildad?
¿Qué me está pidiendo Dios que cambie?
¿Cómo puedo cumplir mis deberes con más amor y menos inquietud?
No busques necesariamente una respuesta extraordinaria. A veces, la oración dispone el corazón para realizar con fidelidad la próxima acción buena.
V. ACTIO — Propósito concreto
Hoy elegiré una carga que llevar a Cristo y una acción concreta con la que responder a su gracia.
Puede ser:
Dedicar diez minutos a la oración sin distracciones.
Pedir perdón por una palabra áspera o una reacción orgullosa.
Cumplir una obligación pendiente sin quejarme ni buscar reconocimiento.
Aceptar una corrección con serenidad.
Pedir ayuda de manera humilde cuando realmente la necesite.
Renunciar a una preocupación que no puedo resolver ahora y confiarla expresamente a la Providencia.
No intentes hacerlo todo a la vez. Elige un propósito realista y cúmplelo con fidelidad.
VI. A la luz de santa Teresa de Jesús
Santa Teresa enseña, con su vida y sus escritos, que la oración cristiana es una relación real con Dios que debe transformar nuestra existencia.
La oración no nos aparta de los deberes cotidianos: nos ayuda a vivirlos en amistad con el Señor. Tampoco nos convierte automáticamente en personas sin defectos; nos lleva a conocernos con verdad, a pedir la gracia y a perseverar.
Su ejemplo nos invita a no conformarnos con una religiosidad exterior. El fin no es parecer santos ante los demás, sino amar a Dios y permitir que ese amor ordene nuestra voluntad, nuestras palabras y nuestras obras.
La santidad no consiste en hacer cosas extraordinarias a los ojos del mundo, sino en responder fielmente a Dios en las circunstancias concretas de nuestra vida.
Oración final
Santa Teresa de Jesús, maestra de oración y fiel servidora de Cristo, intercede por nosotros.
Enséñanos a buscar a Dios con sinceridad, a permanecer firmes en las dificultades y a no confundir la apariencia religiosa con la verdadera conversión del corazón.
Que aprendamos a vivir en la presencia del Señor, a amar su voluntad y a perseverar en el bien hasta el final.
Amén.
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15 oct 2026, 08:55

2. La misericordia de Dios es más firme que nuestra inconstancia
El salmo proclama la fidelidad del Señor a través de todas las generaciones.
Nosotros cambiamos. Nuestras emociones varían, nuestros propósitos pueden debilitarse y nuestras fuerzas no siempre nos acompañan. Pero Dios permanece fiel.
Esto no significa que debamos despreocuparnos de nuestros pecados o dejar de luchar por la santidad. Significa que podemos volver al Señor con confianza, arrepentirnos sinceramente y comenzar de nuevo sostenidos por su gracia.
La fidelidad divina no es una excusa para permanecer en el pecado: es una invitación a la conversión y a la esperanza.
Para examinar el corazón: ¿Desconfío de la misericordia de Dios cuando caigo? ¿Me levanto y vuelvo a Él, o permito que el desaliento me aleje de la oración?
3. Dios revela sus misterios a los pequeños
Jesús alaba al Padre porque ha revelado sus misterios a los pequeños.
La pequeñez evangélica no consiste en despreciar la inteligencia, la formación o el estudio. La Iglesia honra la razón y busca comprender mejor la verdad revelada. La pequeñez consiste en no convertir nuestro conocimiento en orgullo ni nuestra capacidad en autosuficiencia.
Santa Teresa de Jesús fue una mujer de extraordinaria inteligencia, fortaleza y profundidad espiritual. Precisamente por eso, su vida nos recuerda que la verdadera grandeza no está en creernos suficientes, sino en reconocer que necesitamos a Dios.
La persona humilde no deja de pensar: aprende a pensar delante de Dios. No renuncia a actuar: procura hacerlo conforme a su voluntad. No niega sus capacidades: las pone al servicio del bien.
Para examinar el corazón: ¿Acepto con humildad las correcciones? ¿Sé reconocer mis límites? ¿Pido ayuda cuando la necesito, también en las cosas espirituales?
4. «Venid a mí»: Cristo no nos pide que carguemos solos
Jesús no dice que sus discípulos nunca tendrán cansancio, sufrimiento o dificultades. Los invita a acudir a Él.
El descanso prometido por Cristo no equivale a la desaparición inmediata de todas las obligaciones. Es el descanso del alma que deja de vivir como si todo dependiera exclusivamente de ella.
Hay cargas que nacen de nuestros deberes legítimos: cuidar a quienes nos han sido confiados, trabajar honradamente, cumplir nuestras promesas, luchar contra nuestros defectos. Cristo no nos invita a abandonar esas responsabilidades, sino a vivirlas unidos a Él.
También hay cargas que nosotros mismos añadimos: el orgullo de querer controlarlo todo, la comparación constante, la necesidad de agradar a todos o la incapacidad de aceptar nuestros límites.
El Señor nos llama a distinguir unas de otras.
Su yugo es llevadero porque no caminamos solos. Su gracia sostiene nuestra debilidad y nos enseña a amar incluso cuando el amor exige sacrificio.
Para examinar el corazón: ¿Qué carga debo ofrecer hoy a Cristo? ¿Qué preocupación estoy intentando controlar como si la Providencia no existiera? ¿Qué responsabilidad concreta me corresponde asumir con amor?
III. ORATIO — Orar con la Palabra
Señor Jesús, Maestro manso y humilde de corazón, me presento ante Ti tal como soy.
Tú conoces mis cansancios, mis preocupaciones, mis debilidades y mis deseos de hacer el bien. Conoces también las veces en que me apoyo demasiado en mis propias fuerzas y olvido acudir a Ti.
Dame la verdadera sabiduría, aquella que no consiste solamente en conocer tus mandamientos, sino en amarlos y cumplirlos.
Líbrame del orgullo que no acepta corrección, de la impaciencia que me hace tratar mal a los demás y del desaliento que me impide volver a empezar.
Enséñame a descansar en tu Providencia sin caer en la pasividad; a trabajar con diligencia sin vivir dominado por la ansiedad; a servir con generosidad sin buscar reconocimiento.
Por intercesión de santa Teresa de Jesús, concédeme una oración perseverante, un amor sincero a tu voluntad y la fortaleza necesaria para caminar hacia la santidad.
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15 oct 2026, 08:55

Lectio Divina
Jueves, 15 de octubre de 2026
Santa Teresa de Jesús, virgen y doctora de la Iglesia
Tema: La sabiduría de Dios, la humildad del corazón y el descanso en Cristo.
I. LECTIO — Leer la Palabra de Dios
Lee despacio las lecturas. No busques terminar rápidamente: detente en aquellas palabras que despierten en ti una llamada, un consuelo o una necesidad de conversión.
Primera lectura: Eclesiástico 15, 1-6
Texto de la Biblia de Félix Torres Amat, traducción católica histórica de dominio público; puede diferir de la traducción litúrgica utilizada en la Misa.
Así obra el que teme a Dios, y quien observa exactamente la justicia poseerá la sabiduría; porque ella le saldrá al encuentro cual madre respetable, y cual virgen desposada lo recibirá.
Lo alimentará con pan de vida y de inteligencia, y le dará a beber el agua de ciencia saludable; y fijará en él su morada, y él le será constante.
Y la sabiduría será su sostén, y no se verá jamás confundido, sino que será ensalzado entre sus hermanos.
Y en medio de la comunidad le abrirá la boca, llenándolo del espíritu de sabiduría y de inteligencia, y revistiéndole de un manto que lo cubrirá de gloria.
Le colmará de consuelo y alegría, y le dará en herencia un eterno renombre.
Palabra de Dios.
Salmo responsorial: Salmo 88, 2-3. 6-7. 8-9. 16-17. 18-19
R. Cantaré eternamente las misericordias del Señor.
Cantaré eternamente las misericordias del Señor; anunciaré tu fidelidad por todas las edades.
Porque dijiste: «La misericordia es un edificio eterno»; más que el cielo has afianzado tu fidelidad.
R. Cantaré eternamente las misericordias del Señor.
El cielo proclama tus maravillas, Señor, y tu fidelidad en la asamblea de los ángeles.
¿Quién sobre las nubes se compara a Dios? ¿Quién como el Señor entre los seres divinos?
R. Cantaré eternamente las misericordias del Señor.
Señor de los ejércitos, ¿quién como tú? El poder y la fidelidad te rodean.
Dichoso el pueblo que sabe aclamarte: caminará, Señor, a la luz de tu rostro; tu nombre será su gozo cada día.
R. Cantaré eternamente las misericordias del Señor.
Evangelio: Mateo 11, 25-30
Texto en castellano basado en la traducción clásica de dominio público; la formulación puede diferir del Leccionario.
En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo:
«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las revelaste a los pequeños.
Sí, Padre, porque así te agradó.
Todas las cosas me son entregadas de mi Padre; y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre conoce alguno sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quisiere revelar.
Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré descansar.
Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas.
Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga».
Palabra del Señor.
II. MEDITATIO — ¿Qué me dice Dios por medio de su Palabra?
1. La sabiduría comienza con el temor de Dios
El libro del Eclesiástico nos presenta la sabiduría como un don que sale al encuentro de quien busca al Señor y se esfuerza por vivir rectamente.
El temor de Dios no es vivir aterrorizados ante Él. Es reconocer su santidad, tomar en serio su voluntad y comprender que nuestra vida no encuentra su plenitud al margen de su Creador.
Podemos acumular conocimientos religiosos, aprender oraciones y hablar con propiedad de las cosas de Dios. Sin embargo, la verdadera sabiduría se manifiesta cuando la Palabra transforma nuestras decisiones, corrige nuestros defectos y nos hace más fieles en nuestros deberes.
La sabiduría divina no se limita a enseñarnos qué pensar: nos enseña cómo vivir.
Para examinar el corazón: ¿Busco la voluntad de Dios incluso cuando contradice mis preferencias? ¿Estoy dispuesto a corregirme o solamente deseo confirmar lo que ya pienso?
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14 oct 2026, 13:45

- ¿Qué virtud necesito cultivar con mayor urgencia?
- ¿Hay contradicciones entre lo que enseño y lo que practico?
- ¿Exijo a los demás algo que yo mismo no me esfuerzo por cumplir?
- ¿Mi manera de corregir conduce al bien o descarga mi frustración?
- ¿Qué lugar ocupan la oración y los sacramentos en mi vida?
- ¿Qué fruto concreto podría ofrecer hoy a Dios?

No necesitas resolverlo todo en un solo día.

Elige una virtud y una acción concreta para comenzar.

Quizá sea pedir perdón.

Quizá sea responder con serenidad.

Quizá sea cumplir una responsabilidad sin quejarte.

Quizá sea dedicar unos minutos a la oración que llevas días posponiendo.

La santidad también se construye mediante la fidelidad en las cosas pequeñas.

IV. ORATIO — ORAR CON LA PALABRA

Señor Dios, Padre de bondad,

Tú conoces mi corazón mejor que yo mismo.

Sabes cuántas veces hablo del bien sin practicarlo con suficiente fidelidad, cuántas veces exijo a los demás lo que me cuesta vivir y cuántas veces permito que el orgullo o la impaciencia gobiernen mis acciones.

Te pido que me concedas la gracia de la conversión.

Purifica mis intenciones.

Enséñame a amar la verdad sin perder la caridad, a corregir sin humillar y a ejercer la autoridad con justicia.

Espíritu Santo, produce en mí tus frutos.

Dame amor cuando me domine el egoísmo, paciencia cuando me venza la irritación, mansedumbre cuando me sienta provocado y dominio de mí cuando mis pasiones quieran gobernarme.

Ayúdame a que mi fe no permanezca solamente en mis palabras.

Que mi familia encuentre en mí un testimonio sincero de aquello que profeso.

Que mis hijos aprendan de mi ejemplo a amar el bien, reconocer sus errores y perseverar en la virtud.

Hazme semejante al árbol plantado junto a las aguas, que recibe de Ti la fuerza para dar fruto a su tiempo.

Por Jesucristo, nuestro Señor.

Amén.

V. ACTIO — PROPÓSITO DEL DÍA

Hoy elegiré una virtud concreta y procuraré practicarla conscientemente.

Mi propósito: antes de corregir a otra persona, examinaré mi propia conducta y procuraré actuar con justicia, paciencia y caridad.

Si cometo un error, no lo justificaré por orgullo: lo reconoceré y, cuando corresponda, pediré perdón.

Al terminar el día, me preguntaré:

¿Qué fruto del Espíritu ha podido crecer hoy en mí?

Que todo lo verdadero, bueno y bello nos acerque a Dios.
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14 oct 2026, 13:45

Podemos exigir obediencia a nuestros hijos y negarnos nosotros mismos a reconocer nuestros errores.

Podemos defender la verdad y utilizarla como excusa para tratar a los demás sin caridad.

La pregunta que nos plantea el Evangelio es incómoda, pero necesaria:

¿Estoy viviendo aquello que digo creer?

2. Los frutos del Espíritu requieren trabajo interior

San Pablo enumera el amor, la alegría, la paz, la paciencia, la bondad, la fidelidad, la mansedumbre y el dominio de sí.

No son adornos de la vida cristiana. Son señales de una vida que se deja transformar por Dios.

Santo Tomás de Aquino, al tratar de los frutos del Espíritu Santo en la Suma teológica (I-II, cuestión 70), explica su relación con la acción del Espíritu en el alma y con el gozo que acompaña la práctica del bien.

La virtud no consiste simplemente en reprimir una mala reacción. Supone aprender a responder de una manera cada vez más conforme con el bien.

Cuando un hijo desobedece, por ejemplo, los padres necesitan corregirlo. Pero también necesitan dominar la ira, actuar con justicia y evitar la humillación.

La paciencia no significa permitir cualquier comportamiento.

La mansedumbre no significa renunciar a la autoridad.

La caridad no significa negar la verdad.

Las virtudes deben ayudarnos a ordenar nuestras acciones, no a justificar la pasividad ni la dureza.

3. La familia es un lugar concreto para cultivar la virtud

La vida cristiana se manifiesta en lo cotidiano.

En cómo hablamos cuando estamos cansados.

En cómo respondemos cuando nos contradicen.

En cómo repartimos las responsabilidades.

En cómo corregimos a los hijos.

En cómo reconocemos nuestros errores.

En cómo pedimos perdón.

Los padres no necesitan aparentar que nunca se equivocan. Necesitan aprender a reconocer sus faltas y a reparar el daño causado.

Cuando un padre pide perdón a su hijo por haber sido injusto, no pierde necesariamente autoridad. Puede mostrarle que la autoridad también está sometida a la verdad y al bien.

La coherencia no significa perfección absoluta. Significa procurar vivir según la verdad que profesamos, reconocer nuestras caídas y volver a levantarnos con la gracia de Dios.

4. No impongamos cargas que nosotros mismos rechazamos

Jesús denuncia a quienes imponen cargas a los demás sin ayudarles a llevarlas.

Esta advertencia interpela especialmente a quienes tienen responsabilidades sobre otras personas.

Un padre no debe exigir a sus hijos una virtud que él mismo desprecia con su ejemplo.

No puede pedir respeto mientras insulta.

No puede pedir dominio propio mientras se abandona a sus impulsos.

No puede exigir sinceridad mientras oculta deliberadamente sus propios errores.

Esto no significa que debamos esperar a ser perfectos para educar. Significa que debemos acompañar nuestras exigencias con el esfuerzo personal de vivir aquello que enseñamos.

La autoridad cristiana debe orientar hacia el bien y ayudar a alcanzarlo.

5. El justo es como un árbol junto al agua

El Salmo 1 nos recuerda que el árbol da fruto porque está plantado junto a una fuente de agua.

La vida espiritual también necesita raíces.

La oración, los sacramentos, la lectura de la Sagrada Escritura, la formación de la conciencia y la práctica de la caridad alimentan nuestra relación con Dios.

No podemos esperar frutos abundantes si descuidamos continuamente aquello que sostiene nuestra vida interior.

La gracia no elimina nuestra responsabilidad: nos fortalece para cooperar con ella.

Por eso, antes de preguntarnos por qué no somos suficientemente pacientes, humildes o caritativos, conviene preguntarnos también cómo estamos alimentando nuestra vida espiritual.

III. CONTEMPLATIO — PERMANECER ANTE DIOS

Guarda unos minutos de silencio.

No te apresures a justificarte ni a pensar inmediatamente en los defectos de otras personas.

Deja que la Palabra ilumine tu propio corazón.

Pregúntate:
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14 oct 2026, 13:45

✠ LECTIO DIVINA

MIÉRCOLES 14 DE OCTUBRE DE 2026

Miércoles de la XXVIII semana del Tiempo Ordinario

Tema: La coherencia entre la fe y las obras

I. LECTIO — LEER LA PALABRA DE DIOS

Antes de comenzar, guarda unos instantes de silencio. Pide al Espíritu Santo que ilumine tu entendimiento y disponga tu corazón para recibir la Palabra.

PRIMERA LECTURA

Gálatas 5,18-25 — Los frutos del Espíritu

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas.

«Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley.

Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, disolución, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, banqueteos, y cosas semejantes a éstas; de las cuales os denuncio, como ya os he anunciado, que los que hacen tales cosas no heredarán el reino de Dios.

Mas el fruto del Espíritu es: caridad, gozo, paz, tolerancia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.

Porque los que son de Cristo han crucificado la carne con los afectos y concupiscencias.

Si vivimos en el Espíritu, andemos también en el Espíritu».

Texto de Gálatas 5,18-25, en una traducción clásica de dominio público.

SALMO RESPONSORIAL

Salmo 1 — El camino del justo

«Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado;

Antes en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche.

Y será como el árbol plantado junto a arroyos de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará.

No así los malos: sino como el tamo que arrebata el viento.

Porque Jehová conoce el camino de los justos; mas la senda de los malos perecerá».

Selección de Salmo 1, según una traducción clásica de dominio público.

EVANGELIO

Lucas 11,42-46 — Contra la hipocresía religiosa

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

«Mas ¡ay de vosotros, Fariseos! que diezmáis la menta, y la ruda, y toda hortaliza; y pasáis por alto el juicio y el amor de Dios. Pues estas cosas era necesario hacer, y no dejar las otras.

¡Ay de vosotros, Fariseos! que amáis las primeras sillas en las sinagogas, y las salutaciones en las plazas.

¡Ay de vosotros, escribas y Fariseos, hipócritas! porque sois como sepulcros que no se ven, y los hombres que andan encima no lo saben.

Y respondiendo uno de los doctores de la ley, le dice: Maestro, cuando dices esto, también nos afrentas a nosotros.

Y él dijo: ¡Ay de vosotros también, doctores de la ley! porque cargáis a los hombres con cargas que no pueden llevar; mas vosotros ni aun con un dedo tocáis las cargas».

Lucas 11,42-46, según una traducción clásica de dominio público.

II. MEDITATIO — ¿QUÉ ME DICE DIOS?

Las tres lecturas nos conducen hacia una misma verdad: la vida cristiana no puede reducirse a las apariencias; debe transformar el corazón y manifestarse en las obras.

San Pablo nos presenta dos caminos: vivir según la carne o dejarnos conducir por el Espíritu.

Jesús denuncia a quienes cumplen escrupulosamente ciertas prescripciones religiosas, pero descuidan la justicia y el amor de Dios.

El salmo, por su parte, compara al justo con un árbol plantado junto al agua, que da fruto a su tiempo.

Las tres imágenes se complementan: el cristiano está llamado a echar raíces en Dios, dejarse transformar por su gracia y producir frutos visibles de virtud.

1. No basta con parecer virtuosos

Los fariseos a quienes Jesús reprende no son condenados por cumplir las normas religiosas, sino por anteponer determinadas prácticas a la justicia y al amor de Dios.

Jesús no enseña que los mandamientos carezcan de importancia. Enseña que su cumplimiento debe ir acompañado de un corazón recto.

También nosotros podemos caer en esta contradicción.

Podemos rezar y ser impacientes con nuestra familia.

Podemos hablar de humildad y reaccionar con orgullo cuando alguien nos corrige.
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13 oct 2026, 21:02

Intentaremos por todos los medios tener listo nuestro artículo sobre "Ceuta versus crisis de la vivienda" esta semana en nuestra newsletter y un nuevo vídeo sobre el santo abandono para la siguiente.
Disculpen por estar últimamente ausentes pero las obligaciones de estado no nos dejan tiempo para más
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