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Citas de las sagas literarias: Una canción de hielo y fuego El señor de los anillos Geralt de Rivia Crónica del asesino de reyes Las crónicas de Narnia https://www.threads.net/@bazanjs Creador: @Javier_S_Bazan

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Channel NameUn Lector vive Mil Vidas 📚
Username@unlectorvivemilvidas
CategoryFrases Inspiradoras
Languageespañol
CountryEspaña
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Channel TypePublic Channel
Created13 abr 2026
Last Updated16 oct 2026 • hace 7 días
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Ned no hablaba de la madre del niño, no decía ni una palabra de ella, pero en el castillo no había secretos y Catelyn oía a las doncellas contar las historias que a ellas les habían relatado los soldados de su esposo. Hablaban en susurros de Ser Arthur Dayne, la Espada del Amanecer, el más mortífero de los siete caballeros de la Guardia Real de Aerys, y de cómo el joven señor de Invernalia lo había matado en combate singular. Y contaban cómo luego Ned llevó la espada de Ser Arthur a la hermosa y joven hermana de éste, que lo aguardaba en un castillo llamado Campoestrella, a orillas del mar del Verano. Lady Ashara Dayne, alta, rubia, con ojos hechiceros color violeta. Catelyn había tardado quince días en reunir valor suficiente, pero al fin, una noche en la cama, preguntó directamente a su esposo qué había de verdad en aquello.

Fue la única vez en todos sus años de matrimonio en que Ned le dio miedo.

—No vuelvas a preguntarme nunca acerca de Jon —dijo con voz fría como el hielo—. Es sangre de mi sangre, no tienes por qué saber más. Y ahora, quiero que me digas dónde has oído ese nombre, mi señora.

Ella le había jurado obediencia. Se lo dijo. Y desde aquel día los rumores habían cesado, y el nombre de Ashara Dayne no se volvió a pronunciar entre los muros de Invernalia.

Catelyn II, Juego de tronos
2,890000
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—Jon a veces se desesperaba conmigo, pero acabé por ser un buen rey. —Robert miró a Ned, y frunció el ceño al ver que seguía callado—. Tienes mi permiso para hablar y darme la razón.

—Alteza... —empezó Ned con cautela.

—Venga, di que soy mejor rey que Aerys y asunto concluido —dijo Robert dándole una palmada en la espalda—. Eres incapaz de mentir, ni por amor ni por honor, Ned Stark. Todavía soy joven, y ahora que estás conmigo las cosas van a cambiar. Haremos que este reino sea tema de canciones, y a los siete infiernos con los Lannister.

Eddard VII, Juego de tronos
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Más allá se alzaban las torres.

La Torre del Borracho estaba tan inclinada que parecía a punto de derrumbarse, tal como había estado durante cinco siglos. La Torre de los Hijos se erguía hacia el cielo recta como una lanza, pero su cúspide derruida quedaba abierta al viento y a la lluvia. La Torre de la Entrada, de estructura achaparrada, era la mayor de las tres y estaba cubierta de musgo resbaladizo; un arbolillo retorcido crecía ladeado entre las piedras de la cara norte, y al este y al oeste aún quedaban en pie algunos trozos de muro.

«Los Karstark se quedaron con la Torre del Borracho y los Umber con la Torre de los Hijos — recordó—. Robb eligió para sí la Torre de la Entrada.»

Si cerraba los ojos, todavía podía ver los estandartes que ondeaban valerosos al viento del norte.

«Ya no queda ninguno; todos han caído.» El viento que le azotaba las mejillas venía del sur, y los únicos estandartes que ondeaban sobre los restos de Foso Cailin mostraban un kraken de oro sobre campo de sable.

Lo vigilaban; sentía los ojos clavados en él. Cuando levantó la vista divisó los rostros blancos que oteaban entre las almenas de la Torre de la Puerta y entre los ladrillos rotos que coronaban la Torre de los Hijos, donde, según la leyenda, los hijos del bosque habían invocado el martillo de las aguas para dividir en dos las tierras de Poniente.

La única vía seca para cruzar el Cuello era el cenagal, y las torres de Foso Cailin taponaban el extremo norte como el corcho de una botella. El camino era angosto, y las ruinas estaban situadas de tal forma que cualquier enemigo que llegara del sur tuviera que pasar bajo ellas y entre ellas. Para asaltar cualquiera de las tres torres, el atacante tendría que mostrar la espalda y dejarla expuesta a las flechas de las otras dos, mientras trepaba por muros de piedra húmeda festoneadas de gallardetes de resbaladiza piel blanca de fantasma. El terreno cenagoso de más allá del camino era infranqueable, un laberinto de arenas movedizas y extensiones de hierba que podían parecer tierra firme pero se tornaban en agua en cuanto se pisaban, todo ello infestado de serpientes mortíferas, flores venenosas y monstruosos lagartos león con dientes como puñales. Igual de peligrosos eran sus habitantes, a los que rara vez se veía pero que siempre estaban al acecho: los moradores de los pantanos, los comerranas y los embarrados. Utilizaban nombres como Fenn, Reed, Peat, Boggs, Cray, Quagg, Greengood o Blackmyre. Los hijos del hierro los llamaban «demonios de los pantanos»

Hediondo II, Danza de dragones
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Los peores recuerdos eran los de mis primeros años de vida. El lento balanceo y las sacudidas del carromato, mi padre llevando las riendas sueltas. Sus fuertes manos sobre mis hombros, mostrándome cómo debía colocarme sobre el escenario para que mi cuerpo dijera «orgulloso», o «triste», o «tímido». Sus dedos colocando bien los míos sobre las cuerdas de su laúd.
Mi madre cepillándome el cabello. Sus brazos rodeándome. La perfección con que mi cabeza encajaba en la curva de su cuello. Cómo por la noche me acurrucaba en su regazo junto al fuego, adormilado, feliz y seguro.

Esos eran los peores recuerdos. Preciosos y perfectos. Afilados como un bocado de cristales rotos. Tumbado en la cama, tensaba todos los músculos de mi cuerpo hasta formar un nudo tembloroso, sin poder dormir, sin poder pensar en otras cosas, sin poder dejar de recordar.

Otra vez. Y otra. Y otra.

Entonces oí unos golpecitos en mi ventana. Era un sonido tan débil que no lo percibí hasta que cesó. Entonces oí abrirse la ventana detrás de mí.

—¿Kvothe? —susurró la voz de Auri.

Apreté los dientes para contener los sollozos y me quedé tan quieto como pude, confiando en que ella pensara que estaba dormido y se marchase.

—¿Kvothe? —Volvió a llamar—. Te he traído... —Hubo un momento de silencio, y luego dijo—: Oh.

Oí un leve sonido detrás de mí. Auri entró por la ventana, y la luz de la luna proyectó su diminuta sombra en la pared. Noté moverse la cama cuando se sentó en ella.

Una mano pequeña y fría me acarició la mejilla.

—No pasa nada —dijo Auri en voz baja—. Ven aquí.

Empecé a llorar en silencio, y ella deshizo con cuidado el apretado nudo de mi cuerpo hasta que mi cabeza reposó en su regazo. Empezó a murmurar, apartándome el cabello de la frente; yo notaba el frío de sus manos contra la ardiente piel de mi cara.

—Ya lo sé —dijo con tristeza—. A veces es muy duro, ¿verdad?

Me acarició el cabello con ternura, y mi llanto se intensificó. No recordaba la última vez que alguien me había tocado con cariño.

—Ya lo sé —repitió—. Tienes una piedra en el corazón, y hay días en que pesa tanto que no se puede hacer nada. Pero no deberías pasarlo solo. Deberías haberme avisado. Yo lo entiendo.

Contraje todo el cuerpo y de pronto volví a notar aquel sabor a ciruela.

—La echo de menos —dije sin darme cuenta. Antes de que pudiera agregar algo más, apreté los dientes y sacudí la cabeza con furia, como un caballo que intenta liberarse de las riendas.

—Puedes decirlo —dijo Auri con ternura.

Volví a sacudir la cabeza, noté sabor a ciruela, y de pronto las palabras empezaron a brotar de mis labios.

—Decía que aprendí a cantar antes que a hablar. Decía que cuando yo era un crío ella tarareaba mientras me tenía en brazos. No me cantaba una canción; solo era una tercera descendente. Un sonido tranquilizador. Y un día me estaba paseando alrededor del campamento y oyó que yo le devolvía el eco. Dos octavas más arriba. Una tercera aguda y diminuta. Decía que aquella fue mi primera canción. Nos la cantábamos el uno al otro. Durante años. —Se me hizo un nudo en la garganta y apreté los dientes.

—Puedes decirlo —dijo Auri en voz baja—. No pasa nada si lo dices.

—Nunca volveré a verla —conseguí decir. Y me puse a llorar a lágrima viva.

—No pasa nada —dijo Auri—. Estoy aquí. Estás a salvo.

El temor de un hombre sabio
2,120000
Mientras se bañaba, la muchacha le lavó los pies, le frotó la espalda y le cepilló el pelo. Después le aplicó un ungüento aromático en las pantorrillas para aliviarle los calambres, y lo vistió de nuevo con ropa de niño: unos polvorientos calzones rojo vino y una casaca de terciopelo azul con ribete de hilo de oro.

—¿Me querrá mi señor después de cenar? —le preguntó mientras le ataba los cordones de las botas.

—No. Estoy harto de mujeres. —« Putas» .

La chica se tomó el rechazo demasiado bien para su gusto.

—Si mi señor prefiere un muchachito, me encargaré de que tenga uno esperándole en la cama.

«Mi señor preferiría a su esposa. Mi señor preferiría a una chica llamada Tysha» .

—Solo si sabe adónde van las putas.

La chica apretó los labios. « Me desprecia —comprendió Tyrion—, aunque no más de lo que me desprecio yo. —No le cabía duda de que se había follado a más de una mujer que aborrecía su mera visión, pero al menos las otras habían tenido la amabilidad de simular afecto—. Un poco de desprecio sincero podría resultar refrescante, como un vino ácido después de beber demasiado vino dulce» .

—He cambiado de opinión —dijo—. Espérame en la cama. Desnuda, por favor. Estaré demasiado borracho para pelearme con tu ropa. Tú ten la boca cerrada y las piernas abiertas, y nos irá muy bien. —Le lanzó una mirada lasciva con la esperanza de que lo recompensara con un atisbo de miedo, pero todo lo que vio fue repulsión.

«Nadie tiene miedo de los enanos» . Ni siquiera lord Tywin se había asustado, y eso que Tyrion tenía una ballesta.

—¿Tú gimes cuando te follan? —preguntó a la calientacamas.

—Si mi señor lo desea…

—Puede que tu señor desee estrangularte. Es lo que hice con mi última puta. ¿Crees que tu amo me pondría algún problema? Seguro que no. Tiene cien más como tú, pero solo a uno como yo.

Sonrió, y en esa ocasión obtuvo de ella el miedo que esperaba.

Tyrion I, Danza de dragones
1,980000

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