Lo que nos molesta del otro casi nunca va del otro. Es un espejo de lo que no aceptamos en nosotros, de lo que nos prohibimos, o de una herida antigua que esa persona simplemente toca. A veces ni siquiera es nuestro: viene de nuestro árbol, de historias familiares que repetimos sin saberlo.
Cuando dejas de pelearte con el reflejo y empiezas a mirarte, las relaciones cambian. Y no porque cambie el otro, sino porque cambias tú.
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